
Los domingos suele venir mi hermana con su familia. Tres niños tiene. Mis sobrinos. Los dulces nietecitos de mi madre. Todo es un alboroto, desde las compras del día anterior hasta la hora en que se van. Pero sirve de evasión esa visita para soportar el agobio de los almuerzos las dos solas. Nuestros almuerzos de domingo suelen terminar con la frase, Al menos un hijo hubieras tenido.

El día en que me recibí, llevaba un saco largo que caía en gajos como una capa, de color rojo fuego, y el pelo largo y suelto como una bruja, una amazona. También, estaba que la emoción y la alegría no me cabían en el cuerpo. Fue en la cena que tuve con mi familia esa noche, después del dictamen de “diez con recomendación para publicar”

Tenés que tener un hijo en la vida, aunque sea uno, amiga. ¿No viste la vida que tienen las mujeres que no tienen hijos?Me dijo una amiga hace varios años, mientras comíamos milanesas con papas fritas en un bar de Avenida San Martín.

Me sorprendió recibir una carta de Estados Unidos. Y mucho más su pedido de información sobre mi prima Ana. En mi familia no hablamos de ella después del accidente de los tíos en la ruta a Mar del Plata. Ana siempre fue muy reservada. La verdad, el pueblo le quedó chico. Si bien se encargó de poner a los padres en un geriátrico caro, los veía cada muerte de obispo. Las visitas a mi mamá eran más prolongadas.

De a poco empecé a decidir, a sentir por mí misma. Trabajé, estudié, me interesé por esto y aquello, traté de divertirme, de estar acompañada, de disfrutar el sexo, la música, la salida del sol, la puesta, el mar, la montaña, en otoño, en primavera, las calles arboladas, la brisa fresca, el calor del sol en la piel, el sudor, el latir fuerte, el agitarme y después relajar, comer alfajores, chocolate, pasear con mi perra, abrazarla.

El niño ya lleva tres años con ellos. Tres años desde que durmió por primera vez en esa casa y comenzó a acostumbrarse a llamar papá y mamá a esas personas que lo habían adoptado. Tres años de desayunar, irse de vacaciones y ser protegido por ellos. Tres años de contrastar la buena vida que lleva en esa casa con la vida que vivió en el instituto antes de la adopción.

Yo pensaba que así como de chiquitas teníamos que obedecer a quienes nos cuidaban, comer sentadas, dormir a la noche, ir a la escuela, hacer la tarea, sacar las mejores notas que pudiéramos, de grandes había otras cosas igual de incuestionables.
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