DE CARA AL SOL

Si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá

De Natalia Accossano Pérez

El día en que me recibí, llevaba un saco largo que caía en gajos como una capa, de color rojo fuego, y el pelo largo y suelto como una bruja, una amazona. También, estaba que la emoción y la alegría no me cabían en el cuerpo. Fue en la cena que tuve con mi familia esa noche, después del dictamen de “diez con recomendación para publicar” –después de los huevos, la harina y lo abrazos–, que alguien mencionó que ahora quizás podía dejar de estudiar tanto y “tener una familia”. En ese momento, estaba en pareja desde hacía unos tres años y, si bien convivíamos, no había un lugar ni en la más delirante de mis fantasía para tener une hije con él. Todavía no podía verlo, pero claramente sí sentir de algún modo, que ésa hubiera sido una trampa mortal. Y no estoy exagerando.

Pero el vínculo abusivo en el que estuve con esa persona no es el tema del que quiero hablar ahora, sino de cómo en ese momento de absoluta alegría, orgullo y validación por mis propios logros, la reacción de mi familia fue señalar lo que veían como una falencia: tenía casi treinta años y ningún plan de tener hijes. Lo mismo ocurrió esa Navidad, cuando les conté que había entrado como becaria al CONICET; sólo que esta vez el señalamiento fue más exasperado: “¡¿Hasta cuándo pensás estudiar?! ¡Me van a tener que poner una hamaca arriba de la tumba para que pueda jugar con mis nietos!”

De nuevo, me gustaría estar exagerando, pero fueron exactamente ésas las palabras de mi papá, sobre la mesa llena de turrones y garrapiñada, en ese tono lánguido y arrastrado del que está un poco más que achispado por el champagne. Una voz que tengo grabada en la memoria de forma indeleble. Y es que otra vez, mis globos de orgullo y alegría fueron reventados en pleno vuelo y yo era ese hilo triste que queda enroscado, aferrado a los últimos pedazos sin gracia, que caen al suelo.

Tengo más de estas anécdotas, muchas más, pero creo que ya se entiende el punto. Durante toda mi vida adulta, ninguno de los logros que me vitalizaban fueron significativos para las personas que, en ese momento, pensaba que más quería. Nada era suficiente, porque lo único que elles deseaban era lo único que no podía darles: una familia tradicional –mamá, papá e hijites–, igualita a la suya. Y, a pesar de estar completamente embargada por la culpa y en un estado de sumisión profunda, endémica, del que recién ahora estoy saliendo, eso para mí era inegociable, imposible. Sentía en el cuerpo el deseo insoslayable de no ser madre.

Ahora querría poder volver atrás y darle un fuerte abrazo a esa que fui. Sé que lo necesitaba. Sé que necesitaba a alguien que le dijera que no tenía que romperse en mil pedazos tratando de alcanzar metas imposibles, porque nada iba a ser suficiente. Nada. Nunca. Pero que podía ser feliz simplemente sentada frente al lago, de cara al sol.

Como dice Lala muchas veces en los encuentros de MQNFT: cuesta salir de algunos lugares, pero una vez afuera, sabés que ahí no volvés nunca más. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá