De Marcela Alluz
Los domingos suele venir mi hermana con su familia. Tres niños tiene. Mis sobrinos. Los dulces nietecitos de mi madre. Todo es un alboroto, desde las compras del día anterior hasta la hora en que se van. Pero sirve de evasión esa visita para soportar el agobio de los almuerzos las dos solas. Nuestros almuerzos de domingo suelen terminar con la frase, Al menos un hijo hubieras tenido. Un hijo, o hija, mejor, sí, una mujer, así tendrías a alguien que te cuide cuando seas vieja. Como vos, le digo, pretendiendo ofenderla. Sí, responde, yo al menos tengo dos hijas que calculo que me darán una mano cuando no pueda conmigo. O planeen asesinarte, pienso yo, lo digo. Aquí la única que tiene libertad de expresión es mi madre. Y vaya que la usa.
***
Mi madre ya se levanta y a fuerza de estoicismo llega hasta el patio, se sienta con nosotros y toma cerveza ella también. Sé que se siente mortal cuando le dice a Andrés, usted debería quedarse aquí, no es bueno que Margarita se quede sola y yo puedo viajar en cualquier momento. Viajar, así nombra mi madre a la muerte. A pesar de no creer en eternidades y aunque se percibe al pasar por las iglesias, en el fondo sabe que se termina todo cuando el reloj se detiene. Quédese, insiste. Andrés me mira, yo le hago un gesto que indica que no lo toma en serio. Él se mueve incómodo. Escuche, si ella inmutable, usted se queda aquí y después se van a su ciudad. Yo no soy de demorarme mucho, lo sé. Se pone el dedo en la boca indicándome que me calle. Otra cosa, si me enfermo, me sacrifican, no me dejen sufrir o quedar como una planta.
Mamá, deja de decir esas cosas. Por qué, no seas maricona. Algún día me voy a ir, eso no vas a evitarlo. He sido feliz, dice y se reclina en la mecedora. He tenido dos hijas, nietos, un esposo, medio pelotudo, agrega sonriendo, pero bueno, he cumplido. Tu hermana ya está realizada, me preocupas vos, y me señala. Y aunque este señor no es lo que mereces, es lo mejorcito que he conocido. Bueno, más que Nacho, pero ese era demasiado, piensa en voz alta. Demasiado bueno, y cierra las frases segura de haber encontrado la palabra perfecta.
***
La luz del velador sigue prendida, Andrés duerme de su lado. Su bolso arriba de una silla, siempre listo para irse. Pienso. Sí, Nacho era demasiado bueno, mi madre lo ha definido bien. Sin embargo lograba estragarme. No hace falta ser malo para que una mujer se rompa en pedazos por un hombre. Solo es precisa la sabiduría inconsciente pero exacta de cuál es el lugar, cuál es el vértice donde tocar para que una se desmorone como un cubo de cristal, en astillas. Nacho me acercaba con un muro de algodón de azúcar y adentro yo me pegoteaba con él y conmigo misma hasta hacer los dos un solo ser, en el que yo era otra. Pero nadie más lo veía, para todos Nacho era el bueno, incluso para mí, pero esa bondad campechana me asediaba desde que abría los ojos hasta que el alplax hacía efecto. Me alcoholizaba y masticaba narcóticos, el deseo se había escapado de entre mis piernas a un lugar inalcanzable. Él no lo entendía y me asediaba. Sos mala, me decía como si yo lo hiciera a propósito. Me había transformado en una anoréxica del sexo, hasta pensé en tener un hijo como excusa.
(…)
Años me llevó, pero me fui así, sin mirar para atrás, poniéndome los zapatos y sabiendo que jamás volvería a poner los pies en esa casa. Muerta de pena, pero aún viva. Desde ese día vivo con mi madre.
Sobre el libro y la autora:
Mal de muchas
Marcela Alluz
Editorial El Ateneo, CABA, 2019
Contratapa: Sin un futuro que soñar juntos, ni siquiera un presente que disfrutar, Margarita deja el hogar donde hace 10 años vive con Nacho. Solo puede volver a la casa de su madre. La relación entre ellas nunca fue fácil, y el tiempo no la ha mejorado.
La protagonista vive sus emociones con intensidad y los lectores sienten con ella enojo, angustia, ternura, tristeza… y culpa. Culpa por no ser la mujer que su madre quería, y porque a veces la odia, pero también porque no se permite vivir su propia vida.
En esta novela, la escritora argentina Marcela Alluz construye la historia de las mujeres que padecen un complejo mal de muchas.
Sobre la autora: Marcela Alluz es licenciada y profesora en Psicopedagogía y Enseñanza Primaria. Integra el Forum Infancias, un movimiento que lucha para despatologizar infancias y adolescencias.
Los grandes temas de su escritura son las madres, el desarraigo, la nostalgia y la lluvia, a menudo cruzados por el psicoanálisis. Ha publicado las novelas Contigo en la distancia, El dueño del río, La otra de mí y un libro de relatos llamado Brasas, Historias de vidas desabrigadas.
“Creo en la amistad, en las pasiones, en la suerte y en la política. Me considero habitante de un mundo donde ojalá las fronteras se marcaran solo por las tonadas o los platos regionales. Creo en la humanidad y en que es imposible ser felices si sabemos que hay alguien que sufre. Mi sueño más grandioso es que la escritura sea mi profesión; ojalá pudiera vivir haciendo eso”.
