No alcanza con nuestra existencia

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De Jaquelina Puig

—Tenés que tener un hijo en la vida, aunque sea uno, amiga. ¿No viste la vida que tienen las mujeres que no tienen hijos?

Me dijo una amiga hace varios años, mientras comíamos milanesas con papas fritas en un bar de Avenida San Martín.

Ese día mucho no pude decir. Tampoco sé si quería decir. Seguramente no. Porque no terminaba de entender qué había detrás de esa primera parte de la frase: «Tenés que tener un hijo en la vida, aunque sea uno». ¿Por qué la insistencia en intervenir sobre una decisión que yo ya había tomado? ¿Por qué no podía aceptar mi no?

Más aún cuando las tres cuartas partes de la conversación habían sido ocupadas por ella, como una especie de monopolio de la palabra. Mientras comíamos las milanesas con papas despotricó sobre las dificultades de la maternidad: haber dejado la facultad, no tener tiempo ni para fumarse un pucho, el tener que estar en una cantidad infinita de cumpleaños en peloteros durante el año y sobre todo estaba muy enojada porque llegó tarde a nuestro encuentro porque el padre de su hija se demoró en hacerse cargo de los cuidados. Sin embargo, después de contarme todo eso, insistía en que yo debía tener une hije.

Tampoco entendí cuando me habló de la vida de las mujeres que no tenían hijes. ¿Qué vidas? ¿Las de quiénes? Ni siquiera conocíamos mujeres en común que hubieran decidido no ser madres.

Ese día no le respondí sobre aquel planteo. Me quedé hasta terminar la última cuarta parte de la conversación. Tenía ganas de contarle todo lo que había descubierto en mi último viaje, pero no hubo tiempo. Tampoco pude contarle sobre las novedades en la facultad. Apenas pude decir unas pocas  palabras sobre mi vida antes de despedirnos.

Hoy, muchos años después, sigo recordando aquella escena. Pero también entendí que no era a ella a quien necesitaba responder. Mi amiga apenas repetía un mandato que había escuchado toda su vida, el mismo que escuchamos todas: que una mujer sin hijes es una mujer incompleta y que, si decide no ser madre, tendrá que compensarlo con una vida extraordinaria.

Hace mucho que no veo a aquella amiga. La vida nos fue llevando por caminos distintos y dejamos de encontrarnos. Pero si la volvería a encontrar le diría que sigo sin saber cómo son las vidas de aquellas mujeres desconocidas que me nombró esa noche. Pero sí sé cómo fue la mía hasta hoy. Y que la decisión de no ser madre valió la pena.

Le podría contar también que no sentirme con la responsabilidad absoluta sobre otra persona me produce una especie de alivio que no me atrevo a explicar con palabras, porque siento que cualquier intento le quitaría dimensión a lo que realmente significa. Esa dimensión inexplicable trae consigo una serie de consecuencias. 

Algunas son pequeñas: tomar mates sin tiempo, quedarme en la cama todas las mañanas media hora mientras escucho la radio; abrir una botella de vino tinto Malbec un lunes cualquiera sin pensar en el  después. Otras son enormes: cambiar repentinamente de trabajo para ir detrás de mis convicciones, aceptar la incertidumbre de algunos proyectos, viajar cuando tuve o tengo ganas y por sobre todo la tranquilidad de saber que el día que deje de existir nadie se quedará sin mi cuidado. 

No ser madre me permite algunos lujos que no necesariamente dependen del dinero. Y eso no se negocia.

Además, le diría a aquella amiga que con los años entendí que hay otra carga de la que se habla mucho menos. Porque pareciera que, cuando una mujer decide no ser madre, su vida entra automáticamente en una especie de examen permanente. Como si la maternidad fuera la medida de todas las cosas y, al quedar por fuera de ella, hubiera que demostrar que esa decisión estuvo justificada.

Entonces aparecen las preguntas, algunas explícitas y otras apenas insinuadas. ¿Y vos qué hacés con todo ese tiempo? ¿Qué construiste? ¿Qué lograste? ¿Qué dejaste en el mundo?

Como si nuestras vidas tuvieran que compensar la ausencia de hijes con una carrera brillante, proyectos excepcionales o vaya saber con qué. 

Como si simplemente existir no alcanzara.

Durante mucho tiempo creo que también cargué, sin darme cuenta, con esa exigencia. Como si tuviera que hacer de mi vida algo extraordinario para demostrar que la decisión había valido la pena. Estudiar más. Viajar más. Trabajar más. Como si cada proyecto necesitara justificar la ausencia de une hije.

Y un día, vaya a saber cuál, entendí que esa también era una forma de obedecer al mandato. Solo que por otro camino.

Hoy ya no.

Hoy entiendo que mi vida no tiene que compensar nada. No necesito ser excepcional para legitimar una decisión que nunca debió ser puesta en cuestión. No necesito compensar y eso alivia.

Mi existencia alcanza.

Pero insisto, si alguna vez volviera a ver a aquella amiga y tuviéramos la posibilidad de otra conversación, le pediría un favor: que si se cruza con una mujer que está pensando en no ser madre o ya lo decidió, como le pasó aquella vez conmigo en el bar de Av. San Martín, le cuente de mi vida. Y que, además, le diga que la espero para conversar. Porque descubrí que pocas cosas pueden ser tan hermosas y conmovedoras como una conversación entre dos o más mujeres que decidieron no ser madres. 

Una conversación donde nadie tenga que explicar por qué eligió la vida que eligió. Donde nuestras existencias no necesitan ser defendidas, explicadas, ni justificadas. Una conversación, la cual, en estos tiempos, se convierte en un acto de revolución.

4 respuestas

  1. También pensé que, por no ser madre, debía demostrar grandes logros en mi vida como construir una carrera brillante, alcanzar un puesto importante, recibir algún reconocimiento o llevar una vida aparentemente glamurosa. Como si el hecho de no haber dado vida a otro ser humano ni estar criando hijos a mis 44 años significara que dispongo de «todo el tiempo del mundo».

    Sin embargo, se habla muy poco de quienes, sin ser madres, dedicamos gran parte de nuestra vida al cuidado de un familiar. Existe la idea de que nos sobra el tiempo, que no tenemos responsabilidades comparables o que siempre estamos disponibles para cuidar de otros. Como si nuestro tiempo no nos perteneciera y solo cobrara valor cuando se destina al servicio de alguien más.

    También parece que debemos justificar constantemente por qué no hemos alcanzado determinados objetivos personales o profesionales, cuando el cuidado de un ser querido implica una carga física, emocional y de tiempo que rara vez se reconoce. Cuidar también transforma una vida, aunque esa experiencia casi nunca reciba la misma visibilidad ni el mismo reconocimiento social que la maternidad.

  2. Gracias por la nota, soy generacion que no hablabamos de la eleccion de no tener hijes, tengo 53 años y nunca quise, solo en los ultimos años pude decirlo abiertamente. Muchas veces me paso lo de la conversacion en el bar. Pero sobre todo, lo que me gusto de esta nota es «la compensacion», si no tuviste hijos tenes que tener una vida extraordinaria, y la vida en sí, es extraordinaria.
    Gracias por poner en palabras, siempre, lo que muchas veces siento.

  3. Gracias por compartir esta parte de tu historia. Me sentí muy interpelada por lo que contaste y sentiste. Si bien no me lo han dicho de manera explícita, en mi grupo de amigas en donde soy la única que decidió no maternar, siempre me siento incómoda. Siento que no vale nada lo que yo tenga para contar porque nada se compara con la importancia de todo lo relacionado a criar. Siento que mi vida es pequeña cuando estoy con ellas y eso hace que me repliegue en su presencia y no me comparta. Leyéndote entiendo que tengo mucho por trabajar! Y que mi vida, grandiosa o pequena, vale tanto como cualquier otra.

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