Papeles de Ana

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De María Inés Krimer.

(fragmento)

Paraná, 9 de octubre de 1984 

Estimada profesora Silvia Bernstein Cruz: 

Me sorprendió recibir una carta de Estados Unidos. Y mucho más su pedido de información sobre mi prima Ana. En mi familia no hablamos de ella después del accidente de los tíos en la ruta a Mar del Plata. Ana siempre fue muy reservada. La verdad, el pueblo le quedó chico. Si bien se encargó de poner a los padres en un geriátrico caro, los veía cada muerte de obispo. Las visitas a mi mamá eran más prolongadas. Pero desde que ella murió, no volvimos a tener noticias. Una vez le escribí para pedirle un favor, no vaya usted a creer que nosotros somos de aprovecharnos de una parienta rica. Solo le solicitaba poner mi casa a su nombre. Mi marido hizo un mal negocio y, como no aceptó una coima al juez, tuvo que aceptar la quiebra. Entienda, tenemos cinco hijos y era nuestra única vivienda. La mayor estaba por casarse y el percance nos obligó a suspender la fiesta. Ana me contestó que, según sus contadores, era imposible acceder a mi pedido. ¿Comprende usted por qué no quiero hablar con ella? Tenía el piso en Caballito, la casa en Capilla del Monte, otra en el Tigre, acciones en las empresas del tío, y cuando una le pide una mano la retira, no ayuda a su propia sangre. Disculpe la expresión, pero que se meta sus millones en el culo. 

Aunque yo era dos años más grande, de chicas fuimos muy cercanas. Por ese entonces vivíamos en un chalet grande, había rosales en el jardín, una pileta. Mi padre tenía un negocio de electrodomésticos, mi mamá se ocupaba de la casa. Ana era como otra hija para ella. Venía a visitarnos todas las semanas, tocaba el piano, mamá nos preparaba bizcochuelo. Yo le pasaba mis vestidos para que estuviera arreglada como la gente y no como una pordiosera. Como verá, compartimos muchas cosas. Todo cambió cuando la tía Sara la invitó a Buenos Aires. Se le fueron los humos a la cabeza. Ni hablar del abandono de los padres, la madre estuvo internada dos o tres veces. No soy psicóloga para opinar sobre el dolor que les causó a mis pobres tíos, pero envejecieron mil años. Después se hizo comunista. Pero no como esos que ayudan a los pobres sino como los que les dicen a los a los otros cómo hacerlo. Nos enteramos de sus viajes a Alemania. No entiendo como Ana pudo poner un pie en un país lleno de nazis, parar en la casa de verano de Goebbels, de solo pensarlo se me eriza la piel. ¿Puede creer que no trajo ni un llavero?

Pero me estoy yendo por las ramas, no creo que estos recuerdos familiares sean de gran aporte para su investigación. Se habló mucho de una relación con una cubana que conoció en Berlín, son chismeríos de pueblo. Pero ahora me acuerdo de otra cosa. En el último viaje que hizo para visitar a los padres me quedé pegada al teléfono pero ella no se dignó levantar el tubo. Una enfermera del geriátrico la vio más rellenita. Comentó que estaba de encargue. Si es así, no me importa. Nunca manifestó su deseo de tener hijos. Es más, cuando nacieron los míos, ni un regalo, ni una mísera tarjeta. Por más que me moría de curiosidad no intenté comunicarme, el desprecio que nos hizo. Desde que se fue nos ignoró por completo. Pero de Ana no me extraña nada, mejor por eso tanto misterio. Disculpe, cuando le mostré su carta a mi marido, dijo que los yankees son especialistas en comprar espejitos de colores. ¿De verdad que Ana es tan conocida en Estados Unidos? ¿Que es, como se dice ahora, un best seller? ¿Es cierto que vende tantas novelas? Cuesta creerlo, nunca vi algo suyo en una librería. Acá, los únicos famosos son los hermanos cuestas. 

PD.: Mi nene, el menor, colecciona sellos. ¿Tendría usted la amabilidad de enviarme algunos, junto a esos artículos periodísticos a los que hace referencia?

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