Una Angela para mi soledad

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Por Angela Laura

Pasaron varios años desde que escribí “Hasta la vista, baby” y si tuviera que poner un título a la relación con mi padre desde entonces, sería silencio. Prácticamente no hubo comunicación.

No obstante, mis sentimientos hablaban: incredulidad, bronca, desconcierto, lástima. Se mezclaban, existían y aparecían en el momento menos pensado. 

Todo venía así hasta la muerte del Indio Solari. Nunca fui ricotera pero su muerte me afectó. Veía a la gente llorando, cantando, bailando, compartiendo su dolor. También la pantalla traía la represión de la policía en la Playa de Mayo. La caminata conurbana en la lluvia y el frío para entrar al velatorio. Y yo me sentía parte de eso, aunque estuviera a kilómetros de distancia. Había algo ahí que tenía que ver conmigo. Creo que la visibilización de la pérdida. En todo sentido.

Algunos hablaban de la muerte del padre, que perder al Indio les recordaba la muerte de su propio padre. La sensación de soledad, de desamparo. Y yo me preguntaba cómo me iba a sentir cuando se muriera el mío. Entonces, decidí llamarlo. 

Cuando atendió, la frialdad del tono marcó la cancha. La conversación fue breve: le comenté que estaba conmovida por la muerte del Indio, que me hacía acordar a la década del 90, cuando él se había ido. Que esta época me recordaba a aquella. Dije todo lo que tenía para decir. El hizo silencio. 

Tu esqueleto te trajo hasta aquí

con un cuerpo hambriento, veloz 

Un Angel para tu soledad

Carlos “Indio” Solari y Eduardo “Skay”Beilinson

Después de cortar, mientras procesaba el monólogo acontecido (no le podía decir conversación a esa llamada), me acordé de la tía Delia. Ella decía que mi papá la hacía escattar, que en dialecto calabrés se refiere a una persona que con una postura entre sobradora e inocente no te reconoce que te está perjudicando y, al mismo tiempo, te hace pasar como una loca por ponerlo en palabras. 

Ella lo había padecido cuando lo contrató para que le pintara la casa. Pero mi tía Delia no fue la única escattada por él: su hermana, mi abuela, mi mamá, la madre de mi medio hermano, por nombrar a las más próximas, conocieron esa característica tan típica de mi padre. Y cada una, a su manera, encontró su forma de revancha. 

La que más me gustó fue la de la madre de mi medio hermano: un día desvalijó la casa en la que vivían y nunca más volvió. Lo único que dejó fue la garrafa. Yo me alegré por ella. Había hecho bien. 

Por su parte, a mi papá lo que más lo afectó de la situación fue que en el barrio andaban diciendo que él  “pelaba mandioca”, que es la humillación más ultrajante entre los machos del litoral. 

Fue a partir de convocar el recuerdo de esas mujeres que pude ponerle palabras al silencio de mi padre durante la llamada. Mi papá es un escattador: subtipo vil en el grupo de los abandonadores. 

Y desde que pude nombrar su modus operandi, ando más liviana. Ya no cargo con la culpa y la vergüenza de su ausencia. Es como si me hubiera sacado un peso de encima: el peso de ser su hija. Porque para serlo, tenía que mantenerme ingenua, callada, agradecida. Y ese es un costo que no estaba dispuesta a cargar. Menos en esta época. 

También me liberé de la preocupación de cómo me voy a sentir cuando se muera. Me di cuenta de que si no compartimos la complejidad de la vida, sería muy injusto conmigo misma que su muerte sea un evento excesivamente relevante. Los mandatos del patriarcado no van a tener vela en ese entierro. Yo ya entendí quien es mi padre y esa no es mi pena.

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