El cuerpo es quien recuerda. 

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De Paula Puebla. 

La mujer se pasa la mano primero alrededor de un ojo, luego por debajo del otro. Con ella arrastra lágrimas y restos de maquillaje que agrisan su cutis. —Desde chica siempre jugué a ser poderosa, a ponerme al frente, a ganarme la simpatía de todos. Así fue mi vida hasta aquel día que lo conocí a tu padre, seguro te acordás de cómo fue, él solía contártelo, no sé ahora, si siguen hablando de mí cuando se juntan, o sea, ¿de qué hablan si no? A Roberto lo calentaba que yo fuera quien era, desde ya, le encantaba pavonearse en su Alfa Romeo con una modelo de Luro Durrieu, pero a medida que pasaron los meses empezó a reprocharme que estaba trabajando mucho, que para qué si ya no lo necesitaba, que por qué no me dedicaba a otra cosa o me ponía a estudiar, qué sé yo. Él quería que yo me alejara de la noche, que dejara de ser tan eventera, de volver a casa cachivacheada, quería que hiciera una vida más sana, ¿entendés? Ahí fue cuando empezó a hablar de que tuviéramos un hijo, tu papá es de los que se comió la curva de que tener un bebé te emparcha la vida, la pareja, te endereza, todo ese rosario de malentendidos y qué sé yo. Además se sentía presionado por sus amigos, le decían que era hora de sentar cabeza, de hacer un heredero, ¿viste? Que no te confundan, a los ricos les encanta tener hijos, mucho más que a los pobres, ¿okey? Si parecen máquinas de engendrar, debe ser por el aburrimiento, no sé, la falta de propósito. Entonces tu padre me empezó a hacer la croqueta, me iba horadando, ¿viste? Yo al principio no quería saber nada, o sea, tenía que dejar todo para engordar como una vaca por algo que ni siquiera quería, ¿me entendés? ¿Dónde estaba la ganancia? Mirá si me iba a someter a esa metamorfosis del horror porque la mujer de equis tal cosa o porque Marito largó la menesunda de la noche a la mañana, ¿qué carajo me importa lo que hacen la mujer de equis o el nariz curiosa de Marito? O sea, que se maten. Nos va a hacer bien, Vicky, me repetía, y dale que te dale. Yo le decía che, Roberto, me parece una pifiada seguir al resto como si fueran ejemplos de lo que hay que hacer, al final parece que somos unos grasas que no tienen vida propia, hagamos la nuestra, ¿okey? Yo soy joven todavía, ¿qué apuro tenés, papito? Y entonces nos peleábamos, y nos cansamos de hacerlo hasta que un día llegamos a un acuerdo.La mujer hace una pausa. Agranda el plano. —Me quería bien Roberto. No sé. Pero yo era chica en ese entonces, laburaba mucho, hacía muchos años ya, y necesitaba joder, ¿entendés? Y no es que él fuera un sacerdote, eh, le gustaba la fiesta y se prendía porque también así se hacía lobby: en la joda. Pero él no era como yo, tenía otra disciplina, sabía que si no se medía, se le iban los números y los negocios a la mierda. Siempre me decía que nadie nunca iba a saber cuidar su guita como él, entonces se controlaba. Qué sé yo, viste que los hombres saben poner los sentimientos más a raya, ¿no? Bueno, hasta ahí nomás, porque el día que se calientan con otra, listo, cagaste. Estamos de acuerdo, ¿no? Es como si en la pija tuvieran un sistema operativo aparte, qué sé yo, es algo animal. Ya sos grande, alguna vez te habrán sido infiel, y está todo bien, no es la muerte de nadie, esto te lo digo ahora que estoy sola, obvio, pero si se nos ocurre engañar a nosotras, seremos putas arrastradas para siempre, si es que no terminamos trozadas en una bolsa de Coto, ¿okey? Que quede claro, hay que decirlo. A ver, igual me parece que es peor imaginar que te meten los cuernos que la metida de cuernos en sí misma, ¿me explico? Sí, me parece que la fantasía siempre es peor, más dramática, porque en los hechos capaz es solo un sexo apurado, hidráulico, casi sanitario. Salvando las distancias, por eso me revienta de vos que estés todo el tiempo enroscada como una yarará en ese lugar que no existe que es tu mente. Bueno, ahora no sé si estás, supongo que sí, tanto no debés haber cambiado. Vos viniste al mundo con esa maldición, la maldición de la gente que piensa demasiado. La mujer suspira.

(…)

—¿Por qué te cuento todo esto? No sé, eh, me lo pregunto a mí misma, pero creo que porque la época del casamiento fue nuestro mejor momento con Roberto, nuestro punto alto, estábamos conectados, muy en la misma, cosa que después no sé si volvió a pasar. Yo estaba realmente feliz, o sea, sí, tenía mis rayes, como todas, quién no los tiene, y ahora que lo pienso en perspectiva era muy pendeja, así que más todavía. Tu padre ya estaba para sentar cabeza, había salido con un par de chirusas de muy baja estrella antes, una periodista cara de nada, muy mediocre, cero vuelo, olvidable al cien, alguien a la que nunca nadie iba a recordar, y mucho menos sus notas de mierda; otra que era madre soltera y tenía una empresita de indumentaria deportiva, algo así, bastante berreta la ropa, bastante ordinaria ella, y una actriz de teatro, no de tira famosa, la típica que se cree especial porque llena una sala de veinte personas en Boedo y dice que no está en la tevé porque es demasiado buena, y no porque nunca llega al colbak. Qué sé yo, todas muy lou cos, buenas intenciones y nada más, ¿me entendés?, a esa altura él ya estaba para más.  Pero claro, quería el combo completo y, ansioso como es, poco después de la fiesta y la luna de miel me empezó a presionar. Y es difícil soportar las insistencias de tu padre, no sé si a vos te pasa, no creo, porque vos y él viven allá arriba en un pedestal, pero conmigo no, él me hacía sentir como que le debía algo, ¿me explico? De un momento a otro le entró la desesperación por convertirme en una señora, una mujer más grande de lo que era, con una rutina más saludable, más centrada, decía, como que ya no le gustaba tanto si me tocaba desfilar en ropa interior o si tenía que eventear tres noches a la semana, no sé, cosas así. Él cambió mucho y se ve que esperaba lo mismo de mí.

(…)

—Yo lo estiré todo lo que pude, a decir verdad, y fue bastante, eh, para el voltaje de reclamo y psicopateada que había empezado a manejar tu padre. Ay, no sabés los escándalos que me armaba, pero es como que él no entendía que yo no quería dejar mis cosas todavía, o sea, es mi cuerpo, le decía, no lo pienso empeñar, no pienso engordar un solo gramo, Roberto, por qué voy a arruinar mi vida, para qué, me querés decir. Andaba con cara de orto él, pero entonces se ve que lo maduró y un día me vino con que una opción era que adoptáramos un chico, que hay un montón de criaturas en el país que necesitan una familia, decía, que sería lo correcto y toda esa monserga de buen samaritano. Imaginate mi cara, Rita. Plis. Güat?

(…)

—O sea, ¿vos me ves a mí adoptando un chico? Ni vos ni nadie que me conozca un poco, lo mínimo. Me acuerdo que primero nos peleamos a los gritos, Roberto empezó a decirme que él pensaba que yo era diferente, más generosa, que había creído que yo iba a saber poner por delante de la carrera el proyecto de la familia, que lo había decepcionado, que al final era igual a cualquier tilinga, que se hubiera quedado con Anita, la de la empresita de indumentaria deportiva, que se moría de ganas de conseguirle un papá garrón a su pibito y de tener algunos hijos más. ¡Ah, no sabés! Imaginate si yo, justo yo, me iba a quedar atrás. O sea, me hizo re calentar, qué te pensás, que acá me vas a venir a mandar como a tus empleados, que conmigo no, que a mí me respetás y que si te querés ir con esa gorda ordinaria come fideos andate ya mismo, que a mí me sobran los tipos y que blablablá. A ver, Rita, me parecía un asco adoptar un chico que no sabés de dónde mierda viene, quién lo tuvo, cómo lo tuvo, en dónde y por qué lo da en adopción, ¿me entendés? O sea, si lo das es por algo, es obvio, re básico. Bastante dark, ¿no creés? La verdad, me daba pánico, te puede tocar cualquier cosa, un chico enfermo, un chico con problemas mentales, un chico feo, una criatura negra, tullida, qué sé yo. A mí me da terror la horripilancia, vos lo sabés, casi el mismo terror que me da la gordura, bueno, aunque en un punto son lo mismo. Desde ya se lo dije todo a tu padre, así tal cual, bien clarito, porque el plan en sí me parecía una barbaridad. O sea, sí, te podía levantar el perfil, todos iban a decir ay, miren a Vicky y a Roberto, qué buenos son, adoptaron un cuzquito, un amarronado, pelo flecha, pero la verdad que eso me rendía cero si a cambio tenía que criar a una persona random que venía ya, de entrada, toda perjudicada, ¿entendés? Me parecía de cuarta porque al fin y al cabo ese chiquito no es ni siquiera tu hijo de verdad, seamos honestos. Yo sentía que era re del siglo pasado la adopción, qué querés que te diga, no me interesaba hacer como después hicieron Madonna o Angelina Jolie, que se la pasaron yendo al Congo a jugar a ser las santas del año. Plis, qué es esa perfo, no les cree nadie.La mujer bebe. Disuelve el nudo que había hecho en su remera. La tela se despliega con arrugas que conforman un mapa. —Nos hacían falta a nosotros las peleas, era como que así nos podíamos decir lo que de otra forma no nos salía. Eran nuestros momentos de mayor sinceridad. Después, con las horas, sí, okey, bajaba la espuma de la situación y entonces era más factible que habláramos, como que se abría entre nosotros otra ventana, otra sensibilidad, nos dábamos otra chance. Pero la verdad que me puse firme con lo de la adopción: no y no, y Roberto cortala porque si no voy a salir a decir que me hostigás, me maquillo un moretón y cagaste para siempre, cortala. La cosa es que pasaron unos meses, no sé, cinco o seis, sin que tu padre volviera a sacar el tema. Yo en ese interín no dejé de laburar, no paraban de llamarme, hice muchísimas campañas, la de Guess, la de Vitamina, estuve también en la de Calvin Klein, ya ni me acuerdo en cuántas otras más. Siempre con modelos internacionales, eh, a ese nivel, a ver si nos entendemos.


El cuerpo es quien recuerda. 

Paula Puebla. 

Tusquets – Colección andanzas

2022

Sinopsis: Rita es joven y rica, pero la acecha una obsesión: su origen. Nadiya lleva una vida pariendo bebés en Ucrania, que serán criados por otras familias alrededor del mundo. Victoria, exmodelo famosa, no soporta el paso del tiempo y la presión de lo que calla. Unidas pero en soledad, las voces de estas tres mujeres reflejan distintas maneras de llevar adelante existencias disconformes. De fondo, la crisis de 2001 como epílogo de la Argentina de los años noventa nos plantea cuánto de toda esa excentricidad y decadencia aún permanece vigente.

Paula Puebla no deja nada librado al azar. Con una escritura inteligente y audaz, que se aleja de la corrección política, abre preguntas sobre temas como la maternidad, la subrogación de vientres, los límites del cuerpo, la identidad y los mandatos de clase. Sobrevivientes de un mismo sistema, sus personajes exploran miserias propias y meten el dedo en llagas ajenas. Así como lo hizo en Una vida en presente, Puebla aborda, con herramientas de la ficción, temas sensibles de los que nadie sale indemne y que se elige evitar. 

Sobre la autora: Paula Puebla nació en Berazategui, provincia de Buenos Aires, en 1984. Es diseñadora de Indumentaria y especialista en Gestión Estratégica de Diseño por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como obrera de la industria textil y luego se dedicó al vestuario televisivo. Actualmente es reconocida en la escena literaria por su novela Una vida en presente (2018) y su libro de ensayos Maldita tú eres (2019), ambos editados por 17 Grises y la novela El cuerpo es quien recuerda (2022).

Sus primeros acercamientos a la escritura vinieron de la mano de los blogs. En esos espacios de intimidad fue explorando y encontrando su propia voz. 

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