Marcela Alluz. Mal de muchas. 2019. Fragmento.

Si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá

Mi madre adora a sus nietos. Los adora porque le encanta esgrimirlos ante sus amigas, saca fotos de ellos y dice, es lo mejor que me pasó en la vida. Mentira, creo yo. Perras mentiras. Frase trillada que ella escuchó y que la repite con la intención de demostrar que ella cumplió con la vida. 

Deja de adorarlos cuando critica amargamente a mi hermana enrostrándole el libertinaje en el que los cría, según ella. Chicos alimentados a salchichas y comida rápida, sin hábitos, engrampados a pantallas y consolas. 

Deberías sacarlos a una plaza, que corran, que respiren aire puro. 

Mi hermana le oculta las materias que se llevan, las amonestaciones, los fracasos cotidianos. No quiere oírla. La entiendo tanto. 

Ellos, dos niñas y un varón, miran a su abuela y la quieren, pesar de todo. Perciben su presencia magnánima, el respaldo que es en sus vidas, los brazos que aún retándolos los recibirán si alguna vez no tienen a dónde ir. 

***

Llueve. Llevo los helechos afuera para que tomen agua. Los dejo con un platito abajo, que no manchen el piso. Me saco las chinelas de goma y las pongo a un costado, inclinadas contra la pared. Apenas entro, me seco los pies con una toalla y me calzo nuevamente las pantuflas beige. 

Ahora sí, digo. Ahora sí, digo y me pongo a disfrutar de la lluvia. Sentada en un sillón antiguo, color crema, oigo como repican las gotas, cómo brincan y retozan sobre la mesa de piedra, sobre las barandas de hierro, sobre las hojas largas y lacias de los helechos. 

La lluvia me mejora el humor y me canto a mí misma canciones en inglés. Cómo me gustaría tener un amor. Tenerlo. Amarrarlo. Mecerlo. Tomarlo. Pero no lo hago. Lo tuve. Si, lo tuve. Ahora estoy sola. Como mi madre me lo había anunciado tantas veces. Como yo lo presentí siempre. 

Qué pena que no hayas tenido aunque sea un hijo, me suelen decir. Yo me encojo de hombros. He comprobado que queda feo decir que no me gustan los niños. Menos los propios. 

***

De qué color es el océano de noche. Tiene un color o solo el reflejo de la oscuridad del cielo. Qué querría yo para mi vida, me lo he preguntado tantas veces y no, no encuentro respuestas. No ansío dinero, ni lujos, ni amores. Tal vez en el fondo de mi alma, oscura como el océano de noche solo hubiera querido una pasión. Algo que desabroje la hibridez de los días apilándose unos tras otros. Un don. Un saber. Y no. Mis ambiciones son cortas y se reducen a un lugar donde quedarme sonriendo y en paz. 

No ha sido un vacío en mi vida el no ser madre. Jamás ha acudido a mí la necesidad imperiosa del hijo. Soy un árbol que solo sabe estar parado, los brazos abiertos, la cabellera agitada en el viento. Hacen bien los pájaros en no anidar en mis ramas. No sé sostener. No sé criar. No sé hacer un hueco al lado del cuerpo para albergar un cachorro. Sonrio, con candidez ensayada, cuando surge esa pregunta ociosa en boca de los dueños de la verdad. No vas a tener un hijo, Margarita. Y no, respondo, ya no, excusándome en la edad. Pocos entenderían que en mis deseos de trascendencia, tienen más valor quienes dejan tras de sí una obra de arte, que aquellos que siembran hijos en un mundo donde la vida es cada vez más azarosa. 

Pienso en Siria, en los botes de inmigrantes en el océano, en los miles de humanos robando un trozo de pan o un banco, que a veces es lo mismo. Y no, no quisiera, no sería capaz de crear un hijo en este lugar de terror. Por ahí es pura cobardía. Puede ser. Pero mi útero virgen no tiene la forma de los nidos. 

Sinopsis:

Sin un futuro que soñar juntos, ni siquiera un presente que disfrutar, Margarita deja el hogar donde hace 10 años vive con Nacho. Solo puede volver a la casa de su madre. La relación entre ellas nunca fue fácil, y el tiempo no la ha mejorado.   

La protagonista vive sus emociones con intensidad y los lectores sienten con ella enojo, angustia, ternura, tristeza…  y culpa. Culpa por no ser la mujer que su madre quería, y porque a veces la odia, pero también porque no se permite vivir su propia vida. 

En esta novela, la escritora argentina Marcela Alluz construye la historia de las mujeres que  padecen un complejo mal de muchas. 

Sobre la autora:

Marcela Alluz es licenciada y profesora en Psicopedagogía y Enseñanza Primaria. Integra el Forum Infancias, un movimiento que lucha para despatologizar infancias y adolescencias. 

Los grandes temas de su escritura son las madres, el desarraigo, la nostalgia y la lluvia, a menudo cruzados por el psicoanálisis. Ha publicado las novelas Contigo en la distancia, El dueño del río, La otra de mí y un libro de relatos llamado Brasas, Historias de vidas desabrigadas

“Creo en la amistad, en las pasiones, en la suerte y en la política. Me considero habitante de un mundo donde ojalá las fronteras se marcaran solo por las tonadas o los platos regionales.  Creo en la humanidad y en que es imposible ser felices si sabemos que hay alguien que sufre. Mi sueño más grandioso es que la escritura sea mi profesión; ojalá pudiera vivir haciendo eso”. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá