Por Angela Laura
A cada una de nosotras nos fallaba o nos faltaba algo.
Las primas, Aurora Venturini
Estoy leyendo el libro de Lala. Lo hago lento, reflexionando cada párrafo, dándome permiso para entrar de un modo y salir distinta. Me hace pensar en mí misma. Y también en mi mamá, en mi abuela y en mi madrina, las mujeres que me criaron. Entre todas, intentaban que a mi no me faltara nada y que estuviera bien cuidada. No obstante, yo vivía eso desde la carencia: esa cooperativa de crianza era, pensaba, un parche demasiado vistoso de las deficiencias de mi madre, que era tan distinta a Caroline Ingalls o a lo que yo imaginaba que eran las mamás de mis compañeritas del colegio.
A mi no me había tocado lo que había que tener (papá y mamá juntos, papá solvente económicamente, mamá feliz ama de casa y abuelos los domingos).
Así fui creciendo, con una sensación de inadecuación que se colaba en los vínculos y en las situaciones por las que atravesaba.
Rememoro aquellos años y me doy cuenta de que varias de las decisiones que tomé a lo largo de mi vida fueron un intento de remediar esa falla de origen.
El chat de mamis interrumpe mi escritura. Buscan voluntarias para encargarse de la organización de la compra del buzo de egresados. Me parece descabellado que chicos de séptimo grado tengan un buzo de egresados. Me acuerdo que cuando era chica no existía ese consumo. No obstante, hago la nota mental de tomar las medidas de un buzo de mi hijo y completar el Excel correspondiente. Por las dudas, lo anoto en mi agenda, por si me olvido.
Mientras, tomo la decisión de no postularme como voluntaria. Me doy cuenta de que en otro momento lo hubiera contemplado, sostenida en la idea de que así era una buena madre. Porque, en mi fuero íntimo, hubiera pensado que la fallada era yo, que no tenía la capacidad de disfrutar esa experiencia que me ofrecía la maternidad. Y que tenía que generar la habilidad necesaria para ser una mami líder, amiga de las otras madres y garantizar a mi hijo la felicidad que, supongo, da la pertenencia.
Aunque eso hubiera significado hacer algo que no tenía ganas y apoyar un proyecto que de entrada me parecía una boludez innecesaria.
Así me doy cuenta de que desde que empecé a leer el libro MATERNIDAD: ¿deseo o mandato? estoy en una conversación novedosa conmigo misma. Me permito cuestionar esa insuficiencia, que yo sentía que se transmitía de generación en generación, para darme cuenta que en el ideal de la maternidad rosa, todas somos insuficientes. Y con esto en mente, puedo mirar a las mujeres que me criaron con una perspectiva menos rígida y exigente. Al final, ellas, aparte de ser mi mamá, mi abuela, mi madrina, eran personas.
Y pensando en eso de ser persona, reflexiono sobre quién estoy siendo ahora y me siento satisfecha. Me pregunto cómo voy a hacer para desplegar ese bienestar en los distintos ámbitos y vínculos que habito. En principio, noto que ya no abrazo con fuerza el manual de la feminidad y que estoy atenta a no confundir los ideales de la maternidad rosa con el ejercicio responsable de ser madre y de ser hija. Reconozco que me avivé, que me llené de vida.