Fragmento de «La estafa de la feminidad» de Lala Pasquinelli
Lo escuchamos desde que somos muy pequeñas. A nosotras nos dicen «quédate quieta», «no corras», «no transpires», «no trepes», «no te ensucies la ropa», «cuidado, no vayas por ahí», «cerrá las piernas al sentarte». A ellos, todo lo contrario: «andá», «corré», «dale, animate, no seas cagón», «trepá», «saltá», «movete».
Quedarnos quietas es también inhibir nuestra posibilidad de salir a explorar el mundo, de exponernos a lo nuevo por fuera de lo que se nos permite: la casa, lo familiar, lo doméstico. «Quedate quieta» supone quedarse adentro, no salir a la calle donde, supuestamente, nos acechan los peligros que no vamos a reconocer o de los que no vamos a saber defendernos. La paradoja es que la mayor parte de la violencia que sufrimos sucede en nuestros hogares.
Quedarnos quietas conlleva no desarrollar nuestras destrezas ni nuestra fuerza física. Las mujeres que se mueven no son bellas, no encajan en la idea de belleza. Son díscolas o masculinas, «marimachos», y nada más alejado de la belleza femenina que cualquier gestualidad que sea asociada a lo masculino, la fortaleza o la potencia. No hay mujer más fea que la que se anima, se expone al riesgo, se mueve.
Para movernos necesitamos otra ropa que no nos hace ver bellas según el ideal femenino. Otra vez, la industria de la moda tiene mucho que ver con esto, no solo desde las publicidades a través de las que venden sus productos, sino también a partir de los talles, cada vez más pequeños, y sobre todo de los diseños, que no nos permiten mover el cuerpo de manera libre, explorar esos movimientos, jugar o usar la fuerza. La ropa es ceñida e incómoda, las sisas y el largo de las prendas no nos dejan levantar los brazos ni moverlos demasiado, los tejidos son delicados, nuestra piel está escasamente cubierta y ni hablemos de esos zapatos con los que a duras penas podemos caminar. Un dato no menor es que el 80% de quienes consumen en el mercado de la moda son mujeres, pero el
86% de quienes diseñan la ropa y dirigen las empresas del sector son varones. (5)
Para las mujeres que hacemos deporte es muy difícil encontrar ropa cómoda que cubra nuestros cuerpos sin sexualizarlos y muchas veces terminamos comprando en la sección de varones porque no queremos shorts que nos dejen la mitad de las nalgas al aire. Esto es algo que sucede siempre sin importar la edad e incluso ocurre con la ropa de niñas.
El mensaje es que quedarnos quietas, movernos lentamente y permanecer inmóviles como adornos nos embellece.
Debilidad y fragilidad
Aprendimos que el nuestro es el sexo débil. Bastante conveniente, absolutamente falso: la debilidad no es algo que pueda predicarse del conjunto de las mujeres (hay tanto mujeres como hombres débiles); la debilidad se construye culturalmente.
Por supuesto que si somos educadas en la inmovilidad, vamos a ser débiles, pero hay mujeres muy fuertes en todas partes. Sin embargo, esos cuerpos no son los que la cultura identifica con lo femenino, y menos con lo bello. Los cuerpos de las mujeres trabajadoras, sean obreras, médicas, deportistas profesionales, o lo que fuere, quedan excluidos de la representación de lo bello femenino, de lo bello erotizado.
Al expropiar la belleza de los cuerpos fuertes, lo que se condena no es solo el tamaño de esos cuerpos, sino una gestualidad de poder físico, de disponibilidad física: manos y brazos capaces de sostener, agarrar y defenderse; piernas que permitan correr y escapar.
Existe una especie de terror a la imagen de la mujer fuerte, al igual que existe el terror a la mujer voraz. Lo femenino bello es frágil: no hay fuerza ni disponibilidad física que se asocie a la belleza.
Muchas niñas que quieren hacer deportes de contacto o que impliquen desarrollo muscular se ven censuradas por sus propios entornos porque la forma que adoptan o pueden adoptar sus cuerpos al hacerlo es «poco femenina». En el marco de la campaña #HermanaSoltáLaPanza de 2022-2023, les preguntamos a las mujeres si alguna vez habían tenido que dejar de practicar algún deporte que les gustara porque sus cuerpos se iban a volver «menos femeninos». Las respuestas fueron unánimemente afirmativas. Les comparto unas pocas:
Hacía remo y me encantaba. Mi mamá no me dejó ir más porque se me estaban ensanchando la espalda y los hombros «como un macho». Tenía 11 años.
Empecé CrossFit. Estoy feliz con todo lo que logro, los pesos que levanto, etc. Mi mamá me dice que abandone porque voy a quedar como un hombre, «cada vez más grandota».
Niñas y adolescentes dejan de practicar atletismo, natación, fútbol, handball o artes marciales, porque sus familias consideran que sus cuerpos deben ser agradables a la vista del público, o de sus actuales o futuras parejas varones, antes que fuertes y disponibles para ellas mismas. Pero no es únicamente eso. Negarnos la experiencia del deporte para no «masculinizar» nuestros cuerpos no solo nos priva de conectar con el cuerpo desde la disponibilidad y la potencia, sino también de todas las experiencias e intercambios de la vida social que trae el deporte, algo que es común en la vida de los varones y ajeno a la de las mujeres. Esa vida social es fundamental para desarrollar habilidades, vínculos, redes y posibilidades cuando salimos al mundo; por eso se potencia en los varones y se cercena en las mujeres.
Esta forma de construir la fragilidad como belleza se hace muy evidente en las producciones de moda de ropa deportiva: los varones aparecen practicando el deporte en cuestión, las mujeres, en el mejor de los casos vestidas con ropa deportiva pero siempre maquilladas, posan. En el invierno europeo 2022-2023 se hizo viral la crítica a una campaña de la firma Zara que mostraba a varones esquiando y exhibiendo sus habilidades deportivas, mientras que las mujeres aparecían en pose con poca ropa en la nieve o con prendas inviables en un contexto frío. Nada que no hayamos visto en nuestro país en materia de producciones de moda: las mujeres están tiradas en el piso, a lo sumo sentadas en canchas de tenis, fútbol o básquet, siempre con una gestualidad sexy y nunca practicando el deporte en cuestión.
¿Cómo son las manos de las mujeres bellas y femeninas? Finas, suaves y blancas, con uñas siempre esmaltadas y largas y dedos estilizados. Son manos que no están marcadas por el trabajo ni la fuerza; que parecen no haber sido usadas: manos de muñeca o maniquí que en las publicidades de moda caen inertes al costado del cuerpo. No hacen nada. No se usan, no están sucias, no son fuertes, no construyen ni manipulan nada. Si bien es una práctica habitual en peluquerías desde hace muchísimo tiempo, en los últimos años en muchas ciudades del mundo occidental han proliferado los locales de manicuría en los que a las mujeres nos «hacen» las manos. Como si no estuvieran completas y se terminaran de fabricar en un gabinete de cosmetología. Y, así, muchas pasan largas horas de sus vidas dejando sus manos inertes sobre una mesa con lámparas de rayos UV, potencialmente riesgosos para la salud, para que sus manos se conviertan en objetos solo para mirar, que no sirven para ninguna otra cosa porque la longitud de las uñas impide moverlas y usarlas con libertad y porque hay que cuidarlas para cuidar el capital invertido.
La debilidad se construye también en el señalamiento de qué tareas y movimientos se nos permiten. Estar relegadas al ámbito del hogar también modela nuestros cuerpos, inhabituados a moverse en el espacio público con soltura y aplomo. Como si ese espacio no estuviera ahí para ser ocupado por nosotras. Como si fuéramos okupas si intentamos hacerlo.
Las mujeres bellas son las que se muestran frágiles y aniñadas para poder ser rescatadas y salvadas por varones en esta tutela eterna, material y simbólica, de lo femenino que toma formas nuevas todo el tiempo.
El cuerpo bello es el ocioso, el cuerpo inerte de las mujeres de las clases altas que no trabajan con sus manos ni con su cuerpo, el cuerpo lánguido y etéreo de las delgadas, el cuerpo expuesto para el consumo masculino, desnudo y sexualizado. Vendernos la debilidad como belleza ha sido —y es— un recurso eficientísimo para cercenar nuestras posibilidades y drenar nuestro poder.