De Gise
Una foto chiquita, cuadrada.
Mostraba a la beba en un fuentón rosado apoyado en el pasto
y a las manos de su madre, entrando de costado, atentas.
Mostraba a la nena con los ojos cerrados y la sonrisa inmensa
saltando una ola de un mar revuelto.
La dejaba ver uniformada, debajo de un pino,
con camisa y corbata, pero con el pelo suelto.
Asomando su cara detrás de una torta de tres pisos (de las que hacía la abuela)
con vinchita de flores y velas.
Y una instantánea mostraba otra torta con forma de perro (de la otra abuela), y la cara seria de la nena con la decisión tomada de que esa torta no se cortaría.
Un rectángulo de papel semi-mate guardaba el abrazo de la chica con amigas y amigos celebrando:
huevos rotos, lluvia de harina y un papel enrollado en la mano que se pegaba desde ese día a su identidad.
Y en el borde del borde a un padre, observando, sin saber mucho qué hacer, bullendo emocionado.
Y una imagen revelaba a la mujer mirándose a sí misma
entrelazando su panza, con ojos felinos, guardianes-agudos.
Respirando.
Lento-profundo.
Latiendo por una, por dos y por tres.
Y la descubría de espaldas con el pelo largo, entrecano
siempre suelto, contemplando a través de su ventana:
su jardín, su cosecha, una hamaca. Y a los perros y a los gatos que acompañaron el viaje y hasta el canto de las aves condensándose en retrato.
Y aparecían, dibujadas, las huellas
en el barro que dejó la lluvia ese día
y muchas más huellas, anteriores, de caminos transitados. Que se borraban impermanentes y volvían transformadas.