Son muchas

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De Gabriela Santoro

Marina nunca imaginó que la libertad tuviera un costo tan alto. Desde chica, soñó con estudiar, con salir de ese barrio donde las oportunidades eran escasas Pero la realidad empezó a mostrarle que no era cuestión de voluntad, sino de resistir.  Su mamá enferma, su hermana tan chica, las cuentas que no paran de llegar, y ella sosteniendo lo básico haciendo changas que nunca alcanzan. Cuidando unas horas a Juan, un nene que estaba solo todas las mañanas porque su mamá va a trabajar por horas. Haciendo mandados a Las Hermanas, unas señoras mayores que vivían en la otra cuadra. A veces cuidaba a las niñeces de noche también. 

Una vecina le contó que estaban buscando a alguien para cubrir el puesto de asistente en un geriátrico, era de noche el trabajo, aceptó sin dudar aunque sabía bien lo que implicaba, renunciar a sus noches de lecturas y sueños, a su descanso. Le dijeron que era por poco tiempo ese horario nocturno, que si era buena la cambiarían a la mañana o a la tarde, que valdría la pena. Pero ese tiempo se volvió un grito mudo de cansancio y sacrificio invisibilizados. Pasaron meses, su cuerpo y mente se organizaron para seguir, para servir, no para vivir.

No importaba que toda la carga cayera sobre ella, porque el sistema la demanda así: que aguante, que no se queje, que resista. Ella tiene en claro que ese sacrificio lo tiene que hacer porque si no ¿quién más lo podría hacer?

Son muchas mujeres trabajando también de noche, las ve en los colectivos y en el mismo geriátrico ¿Todas estarán tan necesitadas? Ella sostiene ese peso, se pregunta si las demás lo harán por necesidad ¿o será una elección libre? ¿Tendrán que  sostener a su familia, poner comida en la mesa y pagar las cuentas o se estarán pagando la casa o un estudio? Son muchas las mujeres.

Marina sueña con un futuro donde este esfuerzo no tenga que ser a costa de ella. Donde la vida no se mida en la entrega física y mental sin descanso. Su sacrificio es un acto de resistencia, una forma de reivindicar el valor de su trabajo invisible. No busca merecer ni pagar un precio, sino vivir. En su cansancio, en esa lucha diaria, está su revolución silenciosa: decirse acá estoy, reclamar su derecho a vivir, a sostenerse sin que le pidan renunciar a sí misma.

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