De Milagros Cappetto
Él me dijo que ella se operó las tetas. Literal, eso me dijo.
Yo estoy muy delgada, como poco y lloro casi todo el tiempo. Entonces comienzo a pensar en ella, en esa belleza que imagino que tiene y que yo no me encuentro. Pienso en esas tetas operadas que no me representan, ni me interesó nunca tener; y sin embargo, las quiero. Porque quiero que él me quiera y él no me quiere. La imagino sonriente, con lentes, en bikini, sexy, sensual, y no como yo, que en ese momento me siento un trapo: un trapo viejo, sucio y desgraciado. Condenada al infierno de querer ser otra porque como soy no le gusto a él (que me trata como un juguete del que se aburre a cada rato, pero no se digna a tirar).
Ella es entonces, para mí, todo lo que no tengo: simpatía, alegría, felicidad, sueños, proyectos. Ella lo busca (eso dice él, claro, y yo le creo, porque le voy a creer todo durante demasiado tiempo). Tengo miedo de la tristeza en la que vivo y de la envidia (gusano gigante que ya me tiene casi devorada). Tengo miedo porque registro que estoy en el mismísimo infierno.
Algo tengo que cambiar, pero no puedo ser ella, entonces nada me sirve. Un día la llamo para decirle (a mis fantasmas) que ya está, que a mí él no me importa. En realidad nada me importa, porque no produzco ni creo nada, solo lloro y odio mi cuerpo: que es laxo, que es sano, que me va a esperar latiendo y vivo, hasta que lo vea.
La respuesta me sorprende; me habla con distancia, pero no se enoja. Me dice que hace años no lo ve, y no se exalta. Diría que hasta me entiende. Le creo. El gusano-babosa que vivía en mí, se quedó sin nada para decir.
Un comentario
Me encantó! Gracias