De Jennifer Ríos
Una amiga me convenció con la excusa de que nos iba a hacer bien salir de casa, estar al aire libre, conocer a otras personas y de paso, bajar esos kilos de más.
El verano nos soplaba en la nuca. Sabía que los números no daban bien para llegar, así que, sin demasiada resistencia, me enfunde en la lycra mágica de mis calzas y salí a pies de plomo de mi casa rumbo al parque. Era ahí donde una fauna entre dormida y feliz esperaba al Adonis que prometía un futuro mejor.
Desde chica tuve el superpoder de comerme un pan y que cada miga vaya directo a acumularse en mis caderas, era consciente de mi don. No importaba cuantas vueltas le diera al parque, cuantas veces subiera y bajara del banco, o cuantos abdominales al fallo pudiera hacer.
Sin embargo, escuchaba su introducción estoica. Ya había pagado la clase y quizás me sorprendía con un discurso motivacional diferente o la novedosa propuesta de algún telar de la abundancia. Moneda corriente, cuando hay un grupo de mujeres que aspira a ser parte del sector que no entrena en el parque.
El profesor dio la orden de inicio. Empecé caminando la primera vuelta, porque ése era el privilegio de la primera clase: ir despacio. La segunda, fue trotando. La tercera a un ritmo que podía sostener. Al menos eso creía yo, pero mi bazo no pensaba lo mismo: a cada paso, empezaba a apretar un poco más. Me costaba respirar, el aire entraba desesperado, con hambre de oxigenarme, aunque la salida era lenta.
De repente, me detuve en seco; junto a un árbol al que le pedí por favor que me sostenga y me perdone por lo que le iba a hacer. Y, luego de disculparme, le solté todo.
Una estrepitosa catarata naranja cayó de mi boca, mientras un desayuno invisible acompañaba al ácido láctico de mi sobreesfuerzo. Trozos de todos los tamaños caían al suelo. Llenos de recortes de revistas de cuerpos perfectos, pastillas de procedencia dudosa, mezcladas con inseguridades de la infancia y palabras dolorosas. En cada arcada iba soltando más y más.
Algunas eran más fuertes que otras, como la que contenía ese recuerdo de cuando fui al shopping a comprarme un jean y el talle más grande no me entraba. “‘Éste es el más grande, querida” dijo con tono reprobatorio la modelo que vendía en ese local de mierda.
En otra arcada, un comentario de mi abuela, recordándome que baje de peso mientras me alejaba del plato de flan, se estrellaba en el verde del pasto público.
Habré estado toda la mañana purgándome a la vista horrorizada de las señoras, las aspirantes a fitness y el Adonis. Él se había olvidado de que socorrerme era una de sus responsabilidades; o tal vez yo no había leído la letra chica de sus servicios.
Cuando se dignó a mirarme, me preguntó: “¿Te sentis mejor?” y sin darme tiempo a responder, me dijo: “bueno, entonces seguí.”
Fue ahí que me recompuse como pude, me limpie el vómito que me quedaba con la manga del buzo y volví a caminar.
Justo en diagonal, había una panadería. Crucé y me compré un café con dos medialunas.
Las fui saboreando mirando hacia el parque.