La gran meta

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De Li Vomero

Se consideró capaz de lograrlo. Solo debía mentalizarse, trazar un plan y no apartarse de él por nada. Sabía que muchas habían fracasado en el intento, que después inclusive se habían sentido peor. “Seguramente,” se decía, “les  faltó fuerza de voluntad, capacidad para seguirla hasta el final y mantenerse”. Ella la tendría, estaba convencida.

Además, estaba cansada de compararse y sentir que siempre salía perdiendo, por una imagen que nunca terminaba de ajustar. Solo hacían falta algunos ajustes, no eran tantos. Sin duda no había sido una de las más desfavorecidas por la naturaleza, la biología, la batería de genes paternos o lo que fuera. Así que, a su parecer, con muy poco esfuerzo, podría lograrlo.

También estaban las favorecidas, aquellas que no tenían que esforzarse en nada. Todo estaba allí armónicamente colocado, como aparecía en las revistas, en las vidrieras, en las publicidades que ofrecían ropa o cualquier otro accesorio o aditamento para nosotras.

“Pero mi satisfacción será mayor,” pensaba, “porque obtendré lo que persigo poniéndome a prueba, como quien llega a una meta, La Gran Meta, mejor dicho. Así que ¡¡¡a comenzar!!! El lunes es el mejor día para los comienzos, el lunes empiezo”.

Y llegó el lunes.

¿Más rápido de lo que hubiera querido? Tal vez.

Se levantó despacio, el ánimo le pesaba, su cara en el espejo reflejaba disgusto.

Pero habiendo llegado el momento, había que asumirlo, juntar fuerzas, ayudarse como fuera.

Echando mano de aquella narrativa, tan fervorosamente preparada días atrás, tomó impulso.

Al llegar a la cocina, se dio cuenta de que no había preparado nada para el magro desayuno. No había comprado edulcorante, galletitas diet, leche descremada, mermelada sin azúcar, pan integral. 

Tiempo no le había faltado; sin embargo, en todos esos días no lo había hecho. Parecía que su accionar estaba contradiciendo su retórica.

¿Estaba realmente convencida de que lo que quería era llevar adelante esa férrea disciplina? ¿Realmente estaba dispuesta? 

Como si estuviera otra vez frente al espejo, extendió una de sus manos como si llegara a tocarlo, cerró los ojos y volvió a preguntarse: ¿en serio quiero estar todo el tiempo pendiente de cómo me veo, o prefiero sonreír al despertar, ante el comienzo de un nuevo día?

Siguió así, sin abrir los ojos, manteniendo la mano extendida sobre el espejo imaginado. A los pocos segundos, comenzó a sentir cómo se expandía su sonrisa.

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