De Belén Fenoglio
“Ojalá mi cara fuera así todo el día”, pienso cada mañana frente al espejo.
Durante ese instante, apenas levantada, mi piel parece haberse olvidado del padecimiento que arrastramos hace ya cinco años: de los quistes inflamados, de las pústulas, las rojeces y de las otras heridas de guerra.
Sí, heridas de guerra.
Porque para quienes padecemos acné, luchar contra él se siente como una guerra constante.
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Remuevo y remuevo, como si estuviera cocinando una sopa infinita. Y me acuerdo del momento preciso en el que todo empezó a cambiar.
Fue a los 25 años, en plena pandemia. Con tanto tiempo para leer y reflexionar, decidí dejar de meterme hormonas en el cuerpo.
Me saqué el bendito anillo vaginal… ¡y bam! Mi cara eclosionó: un acné durísimo, como nunca antes había tenido —ni siquiera en la adolescencia—.
Empezaba mi bucle de frustraciones.
Me liberaba de un problema para meterme en otro aún peor.
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“Y… mirá… en estos casos, lo único que se puede hacer es tomar la pastilla anticonceptiva”.
Escuché esta frase tantas veces que, sencillamente, le agarré odio.
Peor aún porque soy migrante, entonces el discurso hegemónico traspasa todas las fronteras. En los últimos dos años he cambiado de hogar cuatro veces, lo que me viene obligando a consultar con distintas ginecólogas, dermatólogas, e incluso homeópatas. Pero las consultas fueron casi siempre mediocres. Todas las médicas terminan ofreciéndome siempre la pastillita “milagrosa”, o bien sugiriendo ponerme ácido en la cara de por vida. Y sino, el mundo de la homeopatía me plantea dejar básicamente toda forma de disfrute alimentario (y eso que soy vegana, eh, pero ni así es suficiente).
Es frustrante porque siento que nadie quiere ahondar en la raíz del problema. Que nadie quiere esforzarse en brindarme una solución integral que cure mi piel. Eso sí, las pastillas anticonceptivas se siguen ofreciendo aún hoy como si fueran caramelos. Y como bonus track, cada profesional te sale con su kit de ultra costosos suplementos o productos, que terminan siendo solo un gastadero de guita y energía enmascarados de falsas promesas. Y una ahí, siempre ingenua, siempre con la ilusión de que “quizás esta vez sí, quizás ahora todo mejore de verdad”.
¿Qué es lo que más me molesta de toda esta lucha? El odioso mundo del skincare.
Que en los últimos años se haya puesto de moda. Que nos bombardeen de miles de videotutoriales, de fotos de supuestos “antes y después” y de rutinas con una lista interminable de productos con etiquetas bonitas. Spoiler: quienes se encargan de promocionar todo este mundo, siempre tienen una cara sin imperfecciones, ¡obvio! El sueño aspiracional.
Que, a raíz de esta superficialidad, la gente se crea conocedora de la problemática. Que se sientan con el poder de prejuzgar mi cara, asumiendo que si estoy así es porque “no como saludable”, “no tengo los siete productos de moda que necesito” o “no tomo suficiente agua”. O que te aconsejen sobre sus rutinas, cuando en su vida han padecido un acné clínico. ¿De qué estamos hablando? ¿Cómo puede la industria jodernos tanto el cerebro?
Estoy segura de que juzgamos así de duro a otras personas porque nos enseñaron que lo válido es solo lo estéticamente bonito. Y quienes no logramos adaptarnos… es porque no nos estamos esforzando lo suficiente.