Autora: Flavia Company
Capítulo 6
Fuyuku y Takara son los mejores jugadores de go entre los alumnos. Quizás Natsu o Kimitake podrían arrebatarles esa distinción, pero después de conocer sus habilidades ni siquiera lo intentan. Es más fácil opinar sobre los movimientos ajenos.
Fuyuku es un año mayor que los otros siete. La madre, viuda, decidió que la educación del único de los cinco hijos que le quedaba vivo, el menor, debía tener lugar lejos del pueblo en el que los hombres de la familia habían perdido la vida uno tras otro en defensa de un punto de vista. Hijo, nieto y bisnieto de honorables samuráis, la actitud suficiente y autoritaria de Fuyuku no le procura ninguna clase de simpatías. Su único amigo en la escuela es Itachi, el más tímido de todos, que lo sigue con devoción a todas partes como si se tratara de un sirviente, quizás porque no tiene un origen noble como el de Fuyuku y eso lo acompleja, razón por la que, además, ni siquiera se atreve a mirar a la bella Shizuka, de la que se siente enamorado y que, a su vez, se muestra cohibida en presencia de Kimitake, quien en cambio está quien en cambio está pendiente solo de su aspecto.
El mapa de las relaciones entre alumnos es complejo, y el equilibrio de esa invisible telaraña depende en gran medida de la pericia de los maestros del dojo para evitar que las emociones, tantas veces disfrazadas de sentimientos, circulen a sus anchas.
Fuyuku ha perdido la partida de Go ante una hábil Takara, que no solo ha demostrado ser capaz de pensar una mejor estrategia sino también de seguirla gracias a su conocida paciencia; una paciencia que en algunos casos roza el perfeccionismo y, por consiguiente, la obcecación.
—Hoy estaba distraído —se justifica Fuyuku—. Si no, no me habrías ganado.
Takara no se inmuta. Deposita poco a poco, como si quisiera evitar cualquier sonido, las fichas negras y blancas en los pequeños cajones que lleva incorporados el tablero, una pieza de madera lacada que los maestros guardan en la biblioteca y que sacan el día de fiesta semanal para que los alumnos puedan jugar. Los maestros no acostumbran a asistir a las partidas. Los alumnos suelen estar todos presentes.
—No he prestado demasiada atención. Tú en cambio has jugado como si te fuera la vida en ello —sigue Fuyuku.
Takara “levanta la vista, intercepta los ojos del rival y suelta:
—No vas a ganarme nunca. No gana quien quiere ganar, solo gana quien quiere jugar.
—Estupideces —grita Fuyuku—, hay que ser imbécil para creérselo. Gana el mejor, si no está distraído. La próxima partida te dejaré ventaja, pero te derrotaré.
Sabemos que Fuyuku nunca ganó a Takara.
Salen de la biblioteca. Haru, que ha asistido “a la partida de Go con una única pregunta en la cabeza, la escupe:
—¿Qué se gana cuando se vence?
Fuyuku declara que no tiene ganas de hablar. Se siente humillado. Y su cuerpo responde de manera fiel a esta impresión. Habitualmente desafiante, su figura, voluminosa, de músculos marcados y de una fuerza evidente, da la sensación de haberse desinflado.
En cambio Itachi, bajo y flojo, se crece para hacerse eco del enojo de Fuyuku y afirma que no siempre vencen los mejores y que eso da idea de la calidad relativa de las competiciones. Una vez expulsada la declaración, se entrega a su tos nerviosa, seca y constante.
“Kimitake, que desde hace tiempo espera la ocasión de ver minimizado a Fuyuku, deja entrever una naturaleza vengativa. Dice que ningún campeón puede estar seguro de que no aparezca en cualquier momento alguien mejor que él. Se expresa con alegría, con ademanes que le agitan la melena larga, espesa y esponjosa que le cae por la espalda como si fuera un chal. Los maestros le aconsejan a menudo que se la recoja, ya que de ninguna manera se aviene a cortarla, pero el muchacho la considera su distintivo más preciado. Más de una mañana llega tarde a las obligaciones a causa del tiempo que le reclama el cabello. Los padres de Kimitake, maestros de la pequeña escuela de una diminuta aldea, enviaron al hijo único y adorado al dojo con la esperanza de que “abandonara el vicio de la arrogancia, que tantas veces roza la crueldad y que había conseguido que los tratara con menosprecio, como si fueran indignos de haberlo traído al mundo.
Shizuka sonríe cabizbaja, escondida bajo el flequillo liso y brillante, y después de escuchar a Kimitake manifiesta su acuerdo y añade que los héroes auténticos son siempre más humildes que los héroes transitorios. La heroicidad y el honor son temas capitales en la vida de la familia de la bella Shizuka. Su padre, consejero de uno de los nobles más destacados del país, escogió el seppuku para quitarse la vida cuando fue injustamente acusado de traición.
“De nada valieron los ruegos de esposa e hija. De nada sirvieron sueños o promesas. La determinación del hombre fue irrevocable: era más importante la honorabilidad que la vida. ¿Qué es la honorabilidad sin la vida?, le preguntaron esposa e hija. Y el hombre contestó, mucho más que la vida sin honorabilidad. ¿Era cierto? La pregunta quedó pegada en la parte más profunda del alma de Shizuka y modificó su naturaleza espontánea y alegre para convertirla en una muchacha circunspecta que, con frecuencia, parecía soberbia. El padre murió en presencia de los amigos y familiares más cercanos. El noble del que era consejero perdonó a la esposa la supuesta traición del marido, pero se vio compelido a enviarla al exilio. Concedió a la hija la gracia de trasladarse al dojo, hecho por el que madre e hija le estarán agradecidas para siempre.
“Natsu, descendiente de célebres cocineros, recuerda las enseñanzas de sus padres y procura aplicarlas a la situación:
—El sabor que prevalece no es el del condimento más fuerte, sino el del que se combina mejor con los demás.
Natsu echa de menos el ambiente familiar, los gritos de urgencia en el restaurante de los padres cuando se presentaba por sorpresa un cliente importante, las explicaciones expertas del abuelo, que añoraba las recetas de otros tiempos y, sobre todo, la perfección a que las llevaba su esposa. El arte de tu abuela no conocía límites —le decía mientras removía un caldo—, se ha llevado los secretos a la tumba —dejaba de dar vueltas con la cuchara, la miraba a los ojos—, no sabes las ganas que tengo de reunirme.
“con ella en el otro mundo para preguntarle qué le ponía a la soja, estoy convencido de que la aderezaba con algún jugo de flor; ¿pero de cuál, de cuál? Y en aquel instante su abuelo dejaba de ver a la nieta y se entregaba a un murmullo inacabable en busca del elemento desconocido hasta que algún grito lo devolvía a la realidad y se veía obligado a terminar el plato que lo ocupaba porque había llegado por sorpresa algún cliente importante.
Takara lo atribuye a la suerte.
—El azar nos gobierna —asegura con un tono neutro, sin responsabilizarse de la victoria. Hija de militar, su infancia estuvo marcada por una cantidad de pautas irrenunciables que han conseguido que la disciplina del dojo le parezca fácil de asumir. Fue su padre quien optó por alejarla de la familia, convencido de que la soledad y las normas la transformarían en una mujer de provecho, una mujer capaz de ser esposa de un solo hombre y madre de un puñado de hijos. Decidió con resentimiento: la madre de Takara, exhausta, lo había abandonado, a él y a los seis hijos: la muchacha y cinco hermanos idénticos al padre. Había querido llevarse a la hija, pero las amenazas del progenitor la habían disuadido. Si te vas sola y no volvemos a saber de ti, os perdono la vida, si os vais las dos habrá venganza. Takara se resignó. Entendía que su madre necesitara irse y la animó a hacerlo. Después la echó de menos como solo se extraña el aire bajo el agua. Pero, tal como quedó establecido, no volvió a tener noticias suyas. Y si llegaron, el padre se las ocultó.
La intervención de Yasunari es breve. Se pellizca la barbilla y dice:
—Pero no contestáis a la pregunta de Haru. Lo que ella quiere saber es qué se gana cuando se vence, y la verdad es que, cuando alguien vence, no gana nada, es un hecho insignificante. —Hay un murmullo general; todos saben que Yasunari concede mucha importancia a los triunfos. Se vanagloria cada vez que consigue aunque sea una mínima superioridad. Es competitivo hasta el límite. Envidia los orígenes conocidos de Kimitake y los antepasados gloriosos de Fuyuku; considera que es él quien los merecería. En cambio, proviene de una familia muy humilde. Su tío era el encargado de llevar leña a casa de los padres de la maestra Mitsu. Un día en que Yasunari estaba enfermo y no podía asistir a la escuela, acompañó al leñador. Mitsu había ido de visita. Sentía debilidad por los niños. Enseguida estableció conversación con él y se dio cuenta de que no era como los demás: tenía posibilidades. Habló con el tío y, después de una leve resistencia, debida sobre todo al afecto del hombre por el hijo de su desafortunada hermana, que había perdido la vida durante el parto, se pusieron de acuerdo para que, llegado el momento, su sobrino fuera al dojo “¿Y el padre de Yasunari? Nadie sabía quién era. El muchacho fantaseaba y atribuía a aquel hombre desconocido tantas virtudes como horas tiene cada día.
—¿Y tú, Haru? —El maestro Sho aparece por sorpresa, ha permanecido detrás del estanque y ha pasado desapercibido a los ojos de todos—. ¿Tú qué dices?
Haru responde repitiendo su pregunta:
—¿Que qué se obtiene cuando se vence? —Reflexiona un momento; ¿qué debe decir? Opta por la salida de emergencia—: Se gana la admiración de los otros. —Recuerda que su padre siempre decía a los alumnos que quien busca la aprobación de los demás vive con un intruso dentro de sí mismo. ¿Vive ella con una intrusa en su interior?
El maestro Sho une las palmas de las manos y declara:
—Cuando se vence, se gana la posibilidad de perder. Pensadlo.

