Definirme por la positiva

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De Laura Regidor

“No conoces el amor verdadero hasta que tenés un hijx. Es un amor que nunca antes sentiste, más grande que todo.” Frases como esta me han dicho muchas veces. Cómo se contesta a semejante rebaje de mi existencia?

Otras mujeres me imponen una carrera contrarreloj y aún tienen esperanzas de que alcance su meta. “41 años tenés? Pareces más chica. Todavía estás a tiempo”, me alientan. “Congelaste óvulos?”.

“Es que no quiero tener hijos”, afirmo en vano. “No sabés, no digas eso.”

Cómo podría no saberlo? me pregunto. Por qué me definen a partir de una supuesta carencia? Soy “mujer sin hijos”. Como si ser mujer implicara tenerlos y la aclaración fuera necesaria.

Por qué no decir que soy mujer con tiempo, con energía, con entusiasmo, con disponibilidad, con dinero propio, con poder de decisión, con autonomía, con montones de amigues?

No me pasó nunca de encontrarme pensando “¡Ojalá tuviera hijxs!”, pero muy seguido pienso frente a diferentes situaciones “¡Menos mal que no tengo hijxs!!!”.

Toda la vida hasta hace 10 años, había andado casi sin cuestionármelo por un camino ya trazado antes de mi nacimiento. Primero venía la pareja y luego lógicamente los hijos.

Yo nunca tuve un novio más o menos normal, con trabajo estable. Nunca. Me mataba laburando y sufría pensando “Cómo voy a hacer con todo, cuando tenga hijos?” Trabajar, mantener la casa, cuidarlos… Todo eso con el padre en Narnia siempre, uno más para cuidar. Mi futuro predeterminado me oprimía.

El pensamiento que me liberó fue tan sencillo que me da vergüenza que fuera para mí una revelación: “Y si no soy madre? ¿Quién me obliga?”.

Me liberé de esa presión autoimpuesta. Decidí que no iba a ser madre. De ahí en más fue continuar desarmando todo: si no tengo la obligación de ser madre, tampoco tengo que desvivirme trabajando en hacer funcionar esta relación con el posible padre.

Así que un día me harté de esforzarme y me separé. Mi tiempo, mi plata, mi energía.

Una tras otra, empecé a tomar decisiones que me acercaron a mí misma y me llevaron hacia una vida de felicidad cotidiana.

Me salí del camino y agarré a campo traviesa. No había un sendero marcado, pero no estaba sola. Mis amigas más cercanas tampoco son madres.

La constante en mi vida siempre fueron las eternas charlas con ellas, las noches en la calle, o en alguna casa, tomando té y filosofando sobre cualquier tema, hasta cualquier hora.

Mis amigas son el centro de mi galaxia y todas tenemos la disponibilidad de vernos y compartir al menos una noche a la semana. Mis relaciones más largas, profundas y estables son con ellas. Las que están siempre y saben que siempre estoy.

Varias otras amigas me dejaron de ver cuando fueron madres, ya no tuvieron tiempo y se empezaron a juntar solo con otras madres.

Encontrar o generar espacios donde volcar mi energía y mi amor me retroalimenta. A veces en causas socialmente significativas, a veces en actividades artísticas o militantes. Cuando disponés de tu tiempo y energía, podes generar y sostener muchos vínculos profundos. No tengo miedo a estar sola porque siembro, riego y cosecho amor por todos lados.

Si quiero salgo, si quiero me quedo, si quiero miro tele o duermo. Mi energía es mía para usarla, invertirla y malgastarla como a mí se me dé la gana.

Desde este lugar se ve el horizonte, tan amplio como el mundo. Elige tu propia aventura.

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