Los padres, al infinito.

Si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá

Los padres, la paternidad, el rol de los varones en los cuidados es un tema al que volvemos y nunca dejamos de volver. Es un árbol con raíces profundas cuyas hojas brotan en el presente.  

Hablamos de los padres que abandonan de todas las formas en las que se puede abandonar. Los que no nos cuidaron, los que maltrataron, los que fueron negligentes y los que hacen todo eso en el presente con las infancias a nuestro alrededor.
Hablamos de nuestros padres, de los de nuestres hijes, de esos varones a nuestro alrededor que alegremente traen vida de la que no se hacen cargo y hablamos de un el sistema social (pero sobre todo político y económico)  organizado para convencernos y educarnos para vincularnos con esos padres, “elegirlos”, sostenerlos, “perdonarlos” y encima hacernos creer que la culpa de que no nos hayan cuidado o no cuiden a su descendencia en el presente, es nuestra. Hablamos de un sistema en el que si hay algún padre por ahí que hace lo que cualquier madre, es un héroe merecedor de aplausos y miradas condescendientes. 

Ya lo dijo el presidente Milei, hay que “reponer la fuerza de trabajo”, y sostener la célula básica del sistema económico, la familia nuclear, para eso hay que sostener a los padres, como materia y símbolo, como norma, como fuente de normalidad. El capitalismo nos necesita empujando la rueda que “repone” la vida. 

El relato sin fin.

La mayoría de nosotras somos hijas de esos padres que no pudieron, no supieron, no quisieron cuidar, que fueron ausentes aún presentes. Amputados de la sensibilidad y la ternura, seguramente educados con más crueldad y más violencia que las que usaron para “educarnos”. Varones creados  por un sistema que los necesita embrutecidos para trabajos duros, arrasadores y crueles, que los educa para arrasar la vida, no para cuidarla. Venimos de esa referencia, venimos con la vara bajísima. 

Pero como el relato de la familia como base y cuna de la felicidad, es el centro de toda la iconografía de la felicidad y sobre todo de la normalidad, igual salimos a buscar eso para nuestras vidas.

Entonces embriagadas por un relato de la feminidad que dice que la única y verdadera pasión la vamos a encontrar en el vínculo sexoafectivo con un tipo, que el amor lo vamos a experimentar ahí, que sin ser elegidas por un varón no somos nada, así, jóvenes y no tanto, vamos a ser conducidas por laberintos donde no podemos identificar las banderas rojas que flamean adelante nuestro diciendo “no, acá no, con éste que no es capaz de levantar la tapa del inodoro no”, con éste que no cuida ni una planta, con éste otro que habla mal de sus ex, con éste que de repente se ofende y no te habla, con éste que golpea la mesa, con esos no. 

Borrachas de deseo de una vida como las de las películas, vamos a ir a tientas por los caminos de la fantasía, la ensoñación y la ingenuidad haciéndonos creer que si nuestros padres lo hicieron mal, es porque nuestra madre no supo “elegir bien”, pero nosotras si vamos a ser capaces de “formar una familia”, esa sin la cual es imposible la felicidad. 

Y cuando ya entramos en el laberinto, narcotizadas por los mandatos nos dejamos convencer de que  perder nuestra autonomía es el camino a la felicidad, que “nos conviene” dejar de trabajar cuando somos madres, porque total “cambiamos la plata”, que a la criatura la tenés que cuidar vos sola en tu casa, que no hay nada mejor que la madre.  

La culpa es tuya.

Y así con mentiras, fantasías y cuentos de hadas, con relatos rosados sobre la maternidad vamos entrando en la boca del lobo. Y después cuando terminamos teniendo pibes con varones negligentes, violentos, que abandonan, que no se hacen cargo, que nos sobrecargan, cuando vivimos en carne propia toda la violencia que ejerce el patriarcado sobre las madres, nos van a echar la culpa a nosotras, “lo hubieras pensado antes” “¿Cómo no te diste cuenta?” “Mirá el padre que elegiste para tus hijes…”. 

Muchas sentimos vergüenza, y quien dice vergüenza dice culpa de que no nos haya tocado el padre ideal, ese que nadie conoce, sentimos verguenza de no haber sido capaces de construirlo para nosotras y nuestres hijes, ese es el éxito total del capitalismo y el patriarcado, hacernos creer que lo que sucede es nuestra culpa y nos tenemos que avergonzar y tratar de ocultarlo.
Sentir vergüenza de que un padre sea un violento, un adicto, un abandonador, un negligente, un deudor alimentario, lo que sea, tratar de ocultarlo, de que no se note, como si ese padre fuera nuestra responsabilidad. 


El padre representa la autoridad, la norma y la normalidad, tener un padre es lo que te hace normal, vamos a decorar a esos padres, nos los vamos a inventar para nosotras y los otros, y los vamos a sostener porque mejor eso que nada.
Y porque el mandato es también la lealtad, la lealtad al padre que es la mayor de las lealtades, hay que ser leales al padre,  y cuidar a los padres aunque no nos hayan cuidado.
¿A qué costo? Al de nuestra salud mental y física, al de nuestra dignidad. 

Entonces siguen las trampas, porque si que los tipos no nos hayan cuidado y no cuiden a sus hijes es culpa de las madres, culpa nuestra que los elegimos mal, si las que nos equivocamos somos nosotras, si “ellos son así”. Entonces, no solo hay que callarse, hay que hacer lo posible y lo imposible para que no se note que este no cuidó y el de más allá no cuida y no le interesa cuidar

El sistema nos pone a nosotras a relatarnos y relatar para afuera a unos padres inexistentes, nos ponemos a decorar gestos, cargarlos de sentido, inventarlos y mentir, para sostener el relato de la vida feliz en el capitalismo que por supuesto exige un padre para poder vivir ese guión. Sostener esa ficción del padre implica muchísimo esfuerzo físico y psíquico.

Al mismo tiempo eso va ser exigido por el contexto, llamalo tu vieja, tu hermano, la abuela, tu amiga, la psicóloga, o el perito de la causa en la que denunciaste al padre de tus hijes, que va a escribir en su informe que  tenés una “personalidad obstructiva”, no es que tu ex es un violento o un abusador y que estás intentando proteger a tus hijes, no, el problema sos vos, porque otra vez, la culpa es tuya.

¿En serio?

-¿En serio es nuestra la culpa de lo que el sistema hizo con nosotras hasta el día en el que empezamos a entender lo que nos hicieron? 

-¿En serio yo tengo la culpa de mi ingenuidad, mi necesidad de emparejarme  con un tipo en el primer tercio de la vida, en un mundo que te dice que si no tenés pareja e hijes sos una fracasada y vas a estar sola por siempre?
-¿De verdad yo tengo la culpa de no haber sido bien cuidada, tratada con ternura, escuchada, de no haber recibido cuidados amorosos que me permitan aprender qué es de verdad y profundamente ser querida y cuidada? 

¿Es mi culpa haber buscado las formas que me propone el guión dramático del patriarcado para sentir amor, para repararme, para construir yo misma en la juventud eso que dice la novela que es la única forma de recibir amor y experimentar la pasión?

Hacernos sentir culpables y llenarnos de verguenza es una pedagogía clásica del patriarcado y el capitalismo para despotenciar y silenciar a las mujeres. Es muy eficiente. Si creo que lo que me sucede es mi culpa, entonces me callo y no lo cuento, si no lo cuento otras no me escuchan, no se ven reflejadas en mi historia, piensan igual que yo que lo que les pasó o pasa es culpa de ellas, y cada una siente la verguenza profunda de lo que le pasa y calla, y así al infinito. 

Las preguntas que no se hacen. 

Los varones no son educados para cuidar sino para la violencia, ya lo dijimos, lo viene diciendo el feminismo desde hace mucho, es la división sexual del trabajo, la mitad de la población se educa para la vida, la otra para la muerte. Sin embargo, así como nosotras somos educadas para ser subordinadas y dependientes, con esfuerzo y constancia, nos vamos saliéndo del manual. 

¿Por qué los varones no son capaces de desobedecer?

 ¿Por qué la mayoría de ellos sigue sin estar dispuestos a hacer nada que los saque del lugar en el que creen que están cómodos?

Es una pregunta que no podemos responder nosotras y que ellos no se hacen.

¿Por qué no se hacen esas preguntas? 

¿Será quizás porque si no se las hacen no pasa nada? 

¿Será porque no hay consecuencias de ninguna naturaleza?

¿Será porque no se quedan solos y van a seguir siendo respetados y cuidados? 

Contra lo que ellos, varones adultos, tienen que hacer y no hacen, nosotras no podemos hacer nada . Si podemos hacer con nosotras. 

Hijas desobedientes.

Podemos desobedecer todas esas normas que nos conducen a la invención de los padres, dejar de sostenernos en su negligencia y falta de consideración y cuidados, podemos desobedecer las normas que nos exigen lealtad a los padres, las que nos llenan de culpa y de verguenza, las que dicen que no hay nada mejor ni más importante que la familia, la que dice que hay que respetar al padre.  

Podemos desobedecer no solo al padre concreto, podemos desobedecer la fantasía del padre, las normas y mitos que los sostienen en nuestras historias, podemos sacarle el cuerpo y la vida a todos los discursos que nos llenan de culpa e insuficiencia. 

 ¿Cómo hackeamos todo eso, cómo desobedecemos los discursos que ponen al padre en el pedestal de la normalidad, que nos hacen sentir rotas a nosotras por no haber tenido ese padre “normal” que casi no existe, y no haberlo encontrado para nuestres hijes?

Nosotras somos esas pequeñas hijas, cuidadas con negligencia, maltratadas o no cuidadas, expuestas a la violencia, esas niñas  que reconocían que lo que pasaba estaba mal pero que no tenían palabras para nombrarlo, esas niñas que no se sintieron queridas, que reconocían lo cruel y lo inaceptable,  viven en nosotras esas pequeñas feministas que fuimos, a ellas les debemos nuestra desobediencia. 

De eso vamos a hablar este mes, ni víctimas ni culpables, desobedientas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

si te gustan / sirven nuestros contenidos apoyanos económicamente acá