Tesis sobre una domesticación.

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De Camila Sosa Villada

Mommie ­Dearest

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El niño ya lleva tres años con ellos. ­Tres años desde que durmió por primera vez en esa casa y comenzó a acostumbrarse a llamar papá y mamá a esas personas que lo habían adoptado. ­Tres años de desa­yunar, irse de vacaciones y ser protegido por ellos. ­Tres años de contrastar la buena vida que lleva en esa casa con la vida que vivió en el instituto antes de la adopción. ­Tres años de compensaciones, obsequios, condescendencias, natación y ropa costosa, de sus comidas favoritas, de hacer lo que quiere, cuando quiere y como quiere. 

­La última noche en que durmieron juntos como un matrimonio sin hijos, poco antes del amanecer, el esposo se despertó sin aire, como desde el fondo de una pesadilla. ­En un intento por dirigirse a la cocina, en medio de la oscuridad para no preocuparla, chocó con el vano de la puerta y, como estaba medio dormido, se cayó de cu­lo. ­La actriz se despertó, lo buscó y lo llevó de la mano hasta la cama, pero no pegaron un ojo hasta que el sol invadió su intimidad, colándose por las cortinas mal cerradas.

—­¿­Estás seguro?

­Él tenía los ojos llenos de lágrimas.

—­­Tengo miedo de que nunca más seamos una pareja. ­Que seamos como los matrimonios de tus amigos. ­Que se termine el juego. 

Él lloraba sin responderle.

—­­Podemos pensarlo mejor. ­Podemos irnos a cualquier parte del mundo, la que más nos guste, pensarlo, seguir jugando, escapar un poco del laburo.

­El abogado giró en la cama y se tragó en silencio el flaqueo de su determinación. ­Su travesti lo había dicho, había dicho lo que él deseaba. ­Irse con ella. ­No ser más que dos. 

Y luego, mientras iban al instituto (él manejaba su auto importado entre los crotos de la ciudad que arrastraban sus carros con cartones), se cubrió de transpiración, sus labios temblaron dentro de la palidez de su piel. —­­No sé qué me pasa, estoy muy nervioso, no puedo manejar. 

Estacionaron un momento para tranquilizarse. 

—­¿­Estás bien? —­le preguntó ella mientras le frotaba las rodillas.

—­­Sí, eso creo. ­Es solo que quería darte las gracias.

—­­Manejo yo. 

—­­Puedo manejar. —­­Hizo una larga pausa tragando el llanto, que no le arruinaría las palabras—­. ­Siento mucha alegría, no puedo ser más feliz. 

­Hasta ese día en que el abogado se descompuso en el coche mientras se dirigían a buscar definitivamente al niño, habían tenido varios encuentros con él, muy breves, de una o dos horas, coordinados por la asistente social, una morena pelicorta locuaz y espontánea, que decía lo primero que venía a su cabeza y que no podía creer estar trabajando con una de las actrices que más admiraba en el mundo. ­Era muy solícita y estaba feliz de poder ayudar en un caso de semejante resonancia. 

­L­A ­G­R­A­N ­T­I­R­A­N­A ­S­E ­T­R­A­N­S­F­O­R­M­A ­E­N ­M­A­D­R­E ­E ­I­N­S­U­L­T­A ­L­O­S ­P­R­I­N­C­I­P­I­O­S ­S­A­G­R­A­D­O­S ­D­E ­L­A ­F­A­M­I­L­I­A ­A­R­G­E­N­T­I­N­A

Se conocieron en un almuerzo al que la invitaron la actriz y el abogado. ­El vino que habían tomado era más caro que las expensas que cada mes pagaba la asistente social, y ella había pensado que eso era un gesto cortés.

—­­Cuando una familia adopta, el mundo me parece mejor. —­­Fue lo primero que dijo y lo hizo como en trance, algo que a la actriz le pareció un poco ensayado. 

Pero era cierto, podía jurar su alegría. ­Se encontraba muy conmovida delante de ella.

—­­Ojalá que la gente siga tu ejemplo. ­Es raro que los famosos adopten. 

—­­Es raro que la gente en general decida adoptar, supongo.

—­­Sí, o se deciden, inician los trámites, pero se decepcionan al poquito tiempo. ­Por eso, quién te dice, al verte a vos, resisten…

Y agregó encogiéndose de hombros, con toda la indiferencia que le daba la burocracia:

—­­La gente siempre quiere hacer lo que hacen los famosos.

­La actriz la miró sin saber qué decir.

—­­Además, piden bebés rubios. ­Parece mentira, pero a los que son como él, seropositivos o con alguna discapacidad, los dejan morir ahí dentro. 

Ya había en el país antecedentes de madres adoptivas travestis. ­Luego de tantas crisis económicas, aparecía un huérfano nuevo cada día. ­Las familias empobrecían, los niños se escapaban del alcoholismo de sus padres, muchas veces a los adultos se los tragaba la tierra, también morían de hambre, de rebrotes de sarampión, de los virus recientes para los que el cuerpo aún no encontraba anticuerpos, las pestes para las que aún no había vacunas. ­Las travestis se ocupaban de ese tendal de  niños sin padre ni madre que boyaban por la ciudad. ­Cuando desde los medios de comunicación salían a la caza de la opinión pública —­¿­Usted cree que es posible que las travestis se hagan cargo de la vida de un niño? ¿­Cree que pueden ser niños sanos? ¿­Acaso no están condenados los niños a la homosexualidad? ¿­Los violarían? ¿­Sabrán dar amor?—­, las personas respondían que el mundo se encontraba en tal proceso de devastación, tal podredumbre, que era mejor el amor venido de esas madres que el desamor. ­No era una novedad que las travestis se prostituían para mantener a sus hermanos menores, para enviar dinero a sus casas en provincias lejanas u otros países. ­Daban ese dinero a sus sobrinos, a los hijos de sus amigas. ­Tías, madres postizas, madrastras, nadie desconocía que, desde hacía muchos años, muchísimos, las travestis ocupaban el rol que nadie en este mundo podía o quería ocupar, ni siquiera el ­Estado, que son esos afectos sin nombre, sin estatuto, esos afectos inclasificables en los que vivían todavía las travestis. ­Madres de nadie, hijas de nadie, amores de nadie, vecinas de nadie, tías de nadie.

­Y estaba la actriz, que no era como las travestis que se citaron antes. ­Ella podía pagar niñeras. ­Ella podía incluso ir con el esperma de su esposo, el abogado de metro ochenta y pico que trabajaba para las familias más influyentes y ricas de la provincia, a cualquier lugar del mundo y contratar a una muchachita que les alquilara el vientre por unos cuántos dólares. ­Ella salía en fotos con ministros, presidentes, embajadores. ­A la vista de otras, a quienes la vida con hijos les resultaba cuando menos estrecha porque el dinero no alcanzaba, ella no perdía nada en esa adopción. ­Era como si cualquier mujer acomodada quisiera adoptar un huerfanito. ­Hacer el bien. 

­Como eran ellos, las cosas fueron mejor. ¿­Cuántas parejas tenían el privilegio de que una asistente social los citara personalmente para facilitarles la adopción, hasta el punto de resolverla inmediatamente? ­La actriz sabía que el abogado por sí solo no hubiera podido. ­Tampoco si hubiera estado casado con otra o con otro, qué más daba. ­Era ella la que servía a todo el circo. ­Ella y su fama. ­Y, si ella hubiera estado sola, tal vez la opinión pública hubiera dicho: ¡­No! ­Cómo darle un niño en adopción a una actriz antipática, a una exprostituta sin talento. ­Aunque, claro, ella sola jamás hubiera pensado en adoptar a nadie. ­Lo único que podía adoptar eran nuevas dietas. 

­Todos tenían algo que decir sobre mí. ­Parecían saber algo sobre mi decisión que se había escapado al análisis. “­Vos lo único que  querés es retener al maricón de tu marido”, me dijo una amiga. ­Y tal vez era cierto. ­No sería ni la primera ni la última relación que prolongaba su desahucio por la llegada de un hijo… ­Me sorprendió cuántos pensaban que este es un mundo donde los niños nacen por amor. 

­Finalmente tuvieron un desenlace favorable, las cosas salieron redonditas, y ella quiso abandonarlo todo, cambiar de nombre, de número de teléfono, de domicilio, de profesión, no ver más a su esposo ni al niño. ­Mudarse a otro país y comenzar una nueva vida con un nombre diferente.

Una travesti sin pasado. ­Una travesti que no solo elegía su nombre y su género, sino también el tipo de historia que la fundaba.

Ahí tenía su escena.


Tesis sobre una domesticación.

Camila Sosa Villada

1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tusquets Editores, 2023.

Libro digital, EPUB

Contratapa:

Ningún pacto es capaz de dominar el deseo. «Una sola travesti es suficiente para socavar los cimientos de una casa, deshacer los nudos de un compromiso, romper una promesa, renunciar a una vida», piensa la inolvidable actriz que narra esta historia de pactos invisibles y pasiones arrasadoras.
Vulnerables, los personajes de Camila Sosa Villada se pierden en una vida burguesa y apacible, abrumados por infiernos y culpas. Erotismo y violencia habitan sus vínculos, pero también una profunda ternura.
En Tesis sobre una domesticación, la familia se aferra a breves momentos de felicidad sin darse cuenta de que ha sido vencida desde el comienzo. Salvaje y conmovedora, esta novela de Sosa Villada vuelve a mostrarla como una escritora extraordinaria, capaz de conquistar a miles de lectores y lectoras en todo el mundo.


«Camila sabe que el alma de una actriz vale por dos, a veces incluso por tres. Y el de una travesti también.» Valeria Vegas

Sobre la autora:

Camila Sosa Villada (1982, Córdoba, Argentina) estudió cuatro años de Comunicación Social y otros cuatro de la licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. En 2009 estrenó su primer espectáculo, Carnes tolendas, retrato escénico de un travesti. Es autora del libro de poemas La novia de Sandro (2015-2020), el ensayo El viaje inútil (2018), la novela Las malas (2019) y el libro de relatos Soy una tonta por quererte (2022). Por Las malas obtuvo los premios internacionales Sor Juana Inés de la Cruz 2020, Finestres de Narrativa 2020 y el Grand Prix de l ́Héroïne Madame Figaro 2021, y fue considerada una de las mejores novelas publicadas en 2020. Ha sido traducida a más de veinte idiomas. 

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