por Sonia Chandler
Yo pensaba que así como de chiquitas teníamos que obedecer a quienes nos cuidaban, comer sentadas, dormir a la noche, ir a la escuela, hacer la tarea, sacar las mejores notas que pudiéramos, de grandes había otras cosas igual de incuestionables.
La vida era así. Estaba programada. Y si tenías suerte y te esforzabas, cumplías con varios renglones de la lista. Lo que me correspondía a mí era no entorpecer y aportar de mi parte lo que pudiera para que todo eso ocurriera.
De grande tenía que estudiar una carrera universitaria entre algunas elegibles, recibirme en un tiempo estipulado, trabajar en determinados lugares con responsabilidades definidas, mantenerme económicamente y, por supuesto, casarme y tener hijxs. No solo “tener hijxs”, en ese ítem la consigna iba bien al detalle: estipulaba que al menos tres y que no tuvieran demasiada diferencia de edad (“seguiditxs” pero no tanto para no poder dedicarle a cada hijx el tiempo que se entendía que necesitaba).
En realidad, ahora que pienso y recuerdo, era más contundente y genérico todavía el mandato: si yo tenía la capacidad y la posibilidad de hacer algo, entonces tenía que hacerlo. Que yo quisiera o no era irrelevante en esa lógica. A la distancia me doy cuenta que no tomaba decisiones, sino que intentaba descifrar qué se esperaba de mí, a qué estaba destinada y allá iba.
En ese poco amable sendero, debía convertirme en madre si me quedaba embarazada, con lo cual viví muchos años con terror. Al mismo tiempo me preocupaba si me iba a quedar embarazada cuando llegara el momento indicado. Me ocupaba de no afectar la capacidad reproductiva que pudiera tener. Me acuerdo de sentir que debía cuidar mi cuerpo para que fuera capaz de embarazarse, parir y cuidar.
Con todo esto encima transité mi primer embarazo, parto y posparto. Y fue mucho más complejo de lo que me imaginaba. Viví mucha incomodidad, miedo y responsabilidad. El parto fue difícil y me llevó tiempo y dedicación recuperarme.
Entonces tenía motivos que me permitieron decidir “demorarme” en volver a quedar embarazada. Igual, después de unos años, reincidí. Se lo debía al mundo, a dios, a mi madre, mi padre y vaya a saber a quién más. A mí misma incluso quizás. Ya tenía más libertad, un poco. Algo más de posibilidad de elegir al menos cuándo, cómo y dónde volver a ser madre. Con quién no era una variable, estaba ya definido y sellado con sangre de forma sagrada (eso parecía en ese momento).
A pesar de toda esta carga y que desde el presente me cuesta reconocer como propia, con los años, de a poco, con mucha determinación, acompañamiento y junto a otras mujeres, pude ampliar mi abanico de posibilidades y hacer cosas o dejar de hacer cosas que hubieran sido impensables o consideradas imposibles tiempo atrás.
Me cuesta reconocer aquellos años como mi propia vida porque estoy parada en otro lugar, pude elegir por fuera de tantas vallas que me limitaban y empujaban. Me gusta mi vida actual, me parezco cada vez más a una bruja y me inspiran mujeres que también se han animado a vivir con más amplitud de posibilidades y asumir los costos que eso implica.

