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De Natalia Peroni

Fragmento.

Se sacó los zapatos hasta la mitad y se acarició los pies sentada en el escalón de la puerta del edificio de Marta. La había llamado ni bien salió del médico y quedaron en encontrarse media hora más tarde. Se tomó un taxi aunque había caminado hasta la parada del colectivo, le dolían los pies y los zapatos le estaban dejando un borde blanco en el empeine, rodeado de piel hinchada de un color rojo subido. Las curitas del talón no habían podido contra las ampollas, que le hacían dudar de que la vida sobre 15 centímetros de taco fuera un buen negocio. Pero no se lo iba a contar a Marta, que siempre le decía que anduviera más cómoda. Marta era alta, por eso decía esas pelotudeces. 

  • No soy alta, soy normal; vos sos petisa, que es otra cosa. Ponete las zapatillas en la cartera y úsalas para caminar en la calle, aunque sea. 

Marina le dijo que sí, que lo iba a intentar, como las últimas cuatro veces que su amiga le había propuesto cargar una bolsa con zapatillas que la hacían ver apenas más alta que un chico de 13 años, gorda y horrible, a pesar del alisado perfecto del pelo rubio que no mostraba ni una cana. 

Subieron en el ascensor mientras hablaban del novio de Marta, que estaba en Montevideo trabajando. Estar sola la deprimía. Marina la escuchaba a medias: siempre la misma cantinela, pensaba, que lo mande a la mierda, eso tenía que hacer. Quería contarle lo de la opción del alquiler, solo Marta podía entenderla. 

  • ¿Pero se lo dijiste a Sergio al final?- le preguntó cuando ella le tiró la noticia. 
  • ¿Estás loca? No, me mata, cree que fui al médico porque me vino ayer y hoy arranqué con el último intento. Ya me llamó cinco veces- le dijo mirando el celular, que vibraba insistente. Atendió: – Es que tenía el celular apagado… Si, me explicó todo, estoy en lo de Marta. Entonces como con ella… Si, obvio, buscame. Besos. Sergio come con los amigos- le dijo a Marta cuando cortó-, pedimos una pizza nosotras? Y más cerveza. ¿Tenés puchos?
  • ¿Qué más querés, nena? Mejor empanadas, porque tengo un vinito que te va a encantar. 

Marina se terminó la cerveza de un trago y tiró la lata en la basura. Abrió el vino y sirvió dos copas, se movía como si estuviera en su casa. Prendió un cigarrillo y exhaló despacio una pitada larga. 

  • El médico me dijo que si quedaba embarazada iba a tener que dejar de fumar. Le pregunté por esto, y me dijo que no se podía -dijo levantando la copa-. Va a ser tremendo!
  • Obvio, por eso no quiero tener pibes. Te arruinan la vida, en todo sentido. Ahora, yo digo, no te enojes, pero si ya empezaste con los parches y las inyecciones y las pastillas y todo ese rollo, ¿qué estás esperando para dejar el pucho? 
  • Ya voy a dejar. Si tenés hijos no vas a estar nunca sola. 
  • ¿Por eso querés tener un bebé? Ya lo tenés a Sergio, siempre a tu lado; comiendo de tu mano lo tenés al pobre. 
  • Vos no lo viste enojado- dijo Marina mirándose las uñas. 
  • No sé cómo te aguanta ese hombre. Es el quinto tratamiento, no hablas de otra cosa, te agarras una depre terrible cuando no anda. 

Marina tomó el vino de a sorbitos. Le pasó el pucho a Marta, que pedía las empanadas por teléfono, y cuando cortó le dijo que tener un hijo era lo que más quería en la vida, que si este tratamiento no andaba iba a alquilar el vientre de una tal Ofelia, que trabajaba con Pagnaso. La conocía porque a veces lo ayudaba en la clínica. Una mina más o menos de su edad, una mina rara.

  • ¿Ofelia cuánto? 
  • ¡Qué sé yo! ¡Qué carajo importa el apellido de Ofelia!
  • ¿Para qué me contás si no puedo opinar? ¿Sabes quién es? Y si tiene una enfermedad? ¿Y si chupa? ¿La investigaste? 

 Marina la miraba seria. 

  • ¿Vas a darle un embrión tuyo y de Sergio a una mina que no tenés ni puta idea de cómo se llama?
  • Un óvulo mío, el esperma va a ser de un donante. No puede ser de Sergio si crece en la panza de la otra mina. 
  • ¿Por?
  • Porque se va a oponer, él ya me había dicho que ni en pedo está para eso, que prefiere adoptar y podría obligarme a abortar. Lo vamos a hacer con un donante. 
  • ¿Vamos? -le dijo Marta mientras le alcanzaba una empanada envuelta en una servilleta de papel. 
  • Con Pagnaso, es una forma de decir. No seas cuida, ya bastante tengo con Sergio. 

Comieron en silencio. 

Marina salió a fumar al balcón cuando terminaron. 

  • ¡Te enculaste, te conozco! -negrito Marta. 

  Desde la puerta la miró lavar los platos con cuidado mientras terminaba el vino. 

  • Vos no sabes lo que es querer tener un hijo, por eso no me puedes entender. Deberías haberte casado con Sergio. 

De repente se hartó y quiso irse. Sentía que Marta la estaba jugando, como su marido, como lo habría hecho su vieja si no se hubiera muerto. Le dijo que estaba llegando Sergio, se calzó los zapatos como pudo y se fue con ganas de hacer pis para no ir al baño en esa casa que se volvía más hostil con cada pregunta de su amiga del alma.

Los primeros metros los anduvo enérgica, taconeando. Era temprano todavía, pero la calle estaba vacía, y el ruido que hacían los tacos sobre las baldosas se notaba demasiado. Transpiraba aunque no hacía calor: eran las hormonas, que estaban empezando a hacer efecto. El corazón de la tía más rápido, la sangre en la cara le ponía las mejillas rojas y las orejas calientes, el pelo se engrasaba en un abrir y cerrar de ojos, y no le alcanzaba el aire por las ganas de respirar hondo que le aparecían cada media hora.

Sabía que todo eso le sucedería de a ratos durante la semana siguiente. Pero lo más fuerte eran las ganas de llorar. Porque le latían los pies y le dolían, porque había perdido el colectivo, y por qué no podía tener hijos. Porque cualquier negra de la villa tenía siete u ocho que después andaban descalzos, mal comidos, apenas vestidos. Y ella, que tenía todo el ajuar preparado, y el moisés, y la practicuna, y la cama nido, y la mamadera, chupetes, mordillos, gorros, baby call, la pelela, todo en celeste y también en rosa y blanco y amarillo, cuando le aconsejaron no pensar en el sexo para no presionar al destino, ella no quedaba embarazada. Cómo carajo se podía presionar el destino? Cuando pensaba en las boludeces que había hecho durante los últimos siete años, le daba vergüenza. Y volvió a llorar, como cuando perdía el colectivo o le dolían los pies.


Subrogar

Natalia Peroni

1a ed. – Mar Azul: La Flor Azul, 2022

Contratapa: “Inesa le debe su nombre a la amante de Lenin y la vida a dos mujeres. A una nunca la conoció. La otra se desdibuja en la enfermedad que avanza tenaz, sin pausa, que va ahuecando su memoria reciente y la ancla en el pasado. Inesa quiere a la madre de antes, la de la infancia, pero tiene que lidiar con esta que más que madre se parece a una hija: a la que baña, viste y da de comer como si fuera una niña.

Esta es una historia tramada por mujeres, íntima, particular, narrada con una voz cálida y sencilla como nos contamos nuestras cuitas las mujeres. Pero además es una novela que sale del ámbito de lo doméstico para preguntarse y preguntarnos acerca de la maternidad, del derecho sobre los cuerpos, de la manipulación que la medicina, la ciencia y la sociedad ejercen sobre el deseo de ser madre”.

Sobre la autora: Natalia Peroni nació en Buenos Aires, 1965. Es Profesora de filosofía (UBA) con formación en Bioética clínica (Flacso). Co-directora de Salvaje federal, librería especializada en la difusión de la literatura de las provincias. Co-directora de Sitio de arte, espacio dedicado a promover artistas argentinos contemporáneos.

Miembro del Comité de Bioética del Hospital Italiano.

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