De Sandra Comenucci
Creo que esto que voy a contarles con algunos detalles delicados puede venirle bien a alguna que también lo vivió. Esta es mi forma de advertirles que los próximos párrafos pueden resultarles fuertes. Para mí son necesarios.
Cuando lo experimenté, los días se hicieron uno largo, las horas se acumularon en el dolor físico intenso y sostenido: el útero dolía, había puntadas, coágulos, sangrado, cansancio, debilidad. El dolor fue bajando de a poco, día a día, pero estuvo presente más de una quincena.
Busqué en las redes sociales y páginas web organizaciones que me acompañaran, pero existen en el antes y en el durante, casi no hay para el después. Me acordé rápidamente de MQNFT y acudí a las compañeras. Conté poco, mientras lloraba con jadeos y espasmos, porque el dolor es mucho y no es solo físico. Pienso que el dolor psíquico es profundo también.
Cada vez que sentía una puntada, me devolvía la realidad de lo que había pasado. Hubo imágenes que me quedaron grabadas: el saco transparente como una burbuja, el embrión en posición fetal, los puntitos negros donde se hubieran formado los ojos, el mini cordón. Era exactamente como en los libros. Eso me impactó mucho. Me dolió pensar que era un embarazo sano, vital, que iba a crecer si yo lo hubiera querido.
Me torturó que lo físico haya quedado asociado a los desechos. Fue en el departamento donde vivía. Sentí mucha crudeza. Me ayudó pensar en forma simbólica: como una cremación, como algo que vuelve al polvo. Prendí una vela, pensé en el poder de ritualizar. Sentí profundas ganas de ayudar a alguien más que estuviera pasando lo mismo que yo.
También apareció algo inesperado: una nostalgia rara por los síntomas del embarazo, por esa sensación única que viví en mi cuerpo. Sé que no lo viven todas iguales, no quiero romantizar nada de esto. Sé que no quiero volver a pasar por eso, pero me sorprendió de lo que mi cuerpo es capaz. Hubo una sensación fuerte de despedida. Del embrión, de una posibilidad, pero también de una etapa y de una relación con quien era mi pareja, que fue la que terminó cuando pasó todo esto.
Las ideas de que el embarazo es “un milagro” me aparecían en la cabeza sin que yo quisiera, todo lo que te venden viene a la mente en un momento así. Lo único que pudiese haber sido celebrado socialmente hubiera sido la continuación del embarazo, y para mí fue inviable. Sentí que perdí la posibilidad de sentir un tratamiento privilegiado. La razón primó: sé que un bebé crece, que no quiero criar a una persona, que no veía perspectiva de sostener una pareja, “formar una familia” y que el peso iba a recaer desproporcionadamente sobre mí.
Me duele sentir que mis logros, mis convicciones y mi vida valen menos socialmente que la maternidad. Que para encajar, para dejar que “fluya” tengo que pensar menos. Ayer nomás me dijeron de nuevo que a veces no está bueno pensar tanto.
Lo que más me dolió no fue solo la decisión, sino el acompañamiento. O mejor dicho, su falta. Él no pudo correrse de sí mismo. No tuvo tacto. Invalidó cómo yo estaba. Eligió creerle a otros antes que a mí respecto de cómo yo me sentía. No supo estar disponible de verdad. Me ofrecía ayuda, pero cuando la necesitaba, me desacreditaba o se ofendía. Después de la IVE no pudo ni darme un beso al saludarme. Dijo que quería ser padre, que quería un hijo. Nunca ahondé en qué quería de eso: ¿un linaje? ¿un varón? pero el nivel de fantasía con el que lo decía me repugnaba. Lo fácil que le podía resultar el concepto de paternar me sulfura hasta el presente.
En un primer momento apareció la culpa por estar tan convencida, por hacer la IVE, y la responsabilidad -que me hacen ver como compartida por haberse producido un embarazo que yo nunca quise-, tiene que ver directamente con haber caído una vez más en el relato romántico del amor de pareja. Ese que parece tan endiosado que cuando alguien te dice que te ama y te hace caer barreras fundamentales de defensa de tu amor propio.
Cuando cuento que él me dijo que era estéril, que no podía tener hijos, no detallo el momento. Sé que es injusto no poder defenderme del todo ante los ojos que me juzgan por imprudente, porque me gusta gozar y abrir las piernas, contando que estaba sentada encima de él, a punto de producirse una penetración, y que frené la situación para ir a buscar un preservativo. Poder contar que se lo di en la mano y le pedí que se lo ponga, poder contar que se negó, diciendo que no me iba a dejar embarazada porque no podía. Poder contar que le pregunté dos veces más si eso era así, y que si no, “me dejaba a mí con la posibilidad de pasar por un proceso horrible que no quería necesitar nunca en mi vida”. Contar, finalmente, que me siguió diciendo que estaba seguro. Cuando le dije que había sido negligente, no se hizo cargo.
Párrafo aparte para mencionar el hecho de que siempre que tuve una pareja estable, formé parte del porcentaje de gente que no se cuida frente a la posibilidad de adquirir una ETS. Eso también te lo vende el relato romántico que parece ser salvador milagroso de varios riesgos en la vida.
Mi interrupción de un embarazo fue hace casi cinco meses. No tengo culpa, tengo un alivio enorme por haber salido una vez más de una historia que viví para encajar, para no ser la única sin novio, la que tiene que demostrar que sabe amar, la que soporta, la que explica, la que padece la estupidez y confusión permanente de un hombre cuando le conviene. Es duro darse cuenta de cuántas veces podés caer en esa.
Soy una sobreviviente en una realidad dificilísima, una argentina de casi 40 años, docente apasionada, periodista comunitaria comprometida que no gana para llegar a fin de mes, que no es considerada voz autorizada para discutir en muchos círculos rancios, una mujer que tiene muchas ideas, potencias y convicciones y que considera que este sistema la desperdicia y la desecha a diario. Soy una hija que tuvo que volver después de una vida de diez años de independencia a la casa de sus padres porque se endeudó con la tarjeta de crédito para seguir viviendo. Soy muchas cosas, pero que me haya pasado todo esto no me identifica con la que “va de mal en peor” como dicen y menos con el mote de “egoísta”. Mi vida es mía con todos los matices. Y la voy a seguir viviendo. No me imagino madre, jamás quise serlo, no lo soy y no lo seré.
Escuché de compañeras que una forma de cuidar a mis hipotéticos hijos e hijas es no traerlos a este mundo y me emociona saber que coincido plenamente.
Sentí bronca cuando un médico varón me preguntó cómo me iba a cuidar, básicamente porque no sabe cuánto lo intenté y me da bronca que a él el sistema nunca tenga que preguntarle nada con tono reprobatorio. Cuando conté el malestar por la pregunta dije que me hubiera gustado decirle “me cuido alejándome de los hombres”. Es cierto.
En los momentos más difíciles hubo gestos que me sostuvieron mucho: una mujer compañera feminista escribiéndome, mi mamá y mi gato, con el que todavía convivía en ese momento. Sentí alivio cuando encontré personas que me escucharon sin cuestionarme. Yo merezco cuidado, reconocimiento y sostén. Puedo alojar esta experiencia, no es un fracaso en ningún aspecto. No forma parte de algún tipo de lista de derrotas en la vida, no lo pienso así, aunque la sociedad me bombardee con verlo de ese modo.
Compañeras, nos tenemos.