De Aki Shimazaki
Nordica – 2025
Sábado. Es la una de la tarde y acabo de terminar de almorzar con mi familia.
Sola, descanso en el salón. Los niños se han ido al pueblo para participar en actividades deportivas. Mitsuo, mi marido, trabaja en su cuarto: está escribiendo un artículo para la revista, cuyo próximo número ha de salir dentro de una semana. En la radio ponen la Sinfonía patética de Chaikovski.
Anteayer fue la última cosecha de brotes de bambú. Se vendieron todos a los restaurantes y verdulerías habituales.
Durante los tres días de labor estuve principalmente con Fukiko, mi asistenta, con el matrimonio que vive al lado y con mi madre. Los niños se unieron a nosotros después de la escuela. Mi hijo impresionó a todo el mundo manejando la azada con destreza. En cuanto a Mitsuo, pasó un día entero con nosotros. Seguía igual de torpe. El anciano le tomaba el pelo: «iSe ve que eres de ciudad! Para ti, tu pluma debe de ser la cosa más pesada del mundo».
Era la segunda vez que mi marido, Mitsuo y Fukiko se veían desde la cena de bienvenida en el restaurante del señor R. Esta vez Mitsuo estaba visiblemente encantado, si no emocionado de ver nuevamente a Fukiko y cada vez que le dirigía la palabra, ella contestaba con el mínimo de palabras. Al no saber lo de su divorcio, él le hacía preguntas sobre el señor Enju, que es un devoto de la revista. Yo observaba a Mitsuo mientras me preguntaba: «¿La relación sexual con su amante fue tan apasionada como la mía con Fukiko?».
Suena el teléfono. Es mi madre
—Estoy sorprendida, Atsuko
—¿Por qué?
—Hablo de la señora Enju. Ahora entiendo por qué estás tan contenta con ella.
Sus palabras me estremecen. “¿Mi madre sabe lo nuestro? No, no es…”, pienso.
—Tu vecina dice que la señora Enju y tú os compenetráis bien en el trabajo. ¡Eso está muy bien! A tu padre siempre le costó encontrar buenos empleados,
—Mamá, tengo verdadera suerte de confiar en alguien tan eficaz y fiable – respondo, aliviada.
—Así es. Espero que la senora Enju se quede en tu granja el mayor tiempo posible. Pero
—¿Pero qué?
—¿No estás celosa de ella?
—No. ¿Por qué?
—Te repito que debes ser más consciente de la coquetería femenina. El otro día note que tu vecino y Mitsuo le echaban continuamente miradas embelesadas, como todos los hombres en el restaurante del señor R.
—¿Otra vez te preocupas por mí? ¡Ya basta!
—Atsuko, tienes que ser realista en este punto. No quiero que sufras porque Mitsuo te vuelva a engañar.
La sinfonía de Chaikovski sigue sonando. Ahora mi madre habla de un sastre que acaba de abrir en el barrio. Ni me planteo desvelarle mi relación con Fukiko. Se quedaría impactada por el hecho de que yo desee a una mujer, lo que para ella probablemente es más grave que el propio adulterio.
—Atsuko, ¿cuándo vas a arreglarlo?
Vuelvo en mí. Confundida, le pregunto:
—¿Arreglar el qué?
—¡No me estás escuchando! Hablo del terreno de bambús. Ya es hora de acondicionarlo. Debes hacerlo sin demora. Si no, la operación resultará más complicada y costosa.
Pienso en mi situación con Fukiko. Mi madre me pregunta de nuevo:
—¿Saldrá muy caro?
—Si. Estoy pensando en pedir otro préstamo al banco.
—Podrías hipotecar mi casa.
—Es muy generoso de tu parte, mamá, Primero voy a hablarlo con Mitsuo.
Con un nudo en la garganta, me quedo callada. Antes de colgar, me pregunta:
—¿Por qué estás escuchando una música tan triste?

