El feminismo en mi vida. Hitos, claves y utopías.

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Marcela Lagarde y de los Ríos

Gobierno del Distrito Federal / Inmujeres D – Octubre 2012

Enemistad y violencia 

El enfrentamiento misógino entre mujeres constituye la enemistad patriarcal. (Lagarde 1987). Sus objetivos son la competencia rival y la desidentificación  de género entre las mujeres como mecanismos de reproducción patriarcal, a través de la esperanza de ser elegidas, tocadas por el poder y mediante la  conversión de las diferencias con sus congéneres en obstáculos insalvables,  motivo de fobia y rechazo. Cada mujer se compara competitivamente con  la otra y pondera como superior lo propio o lo de la otra en un eje jerárquico  de dominio-opresión y superior-inferior, mediado por la fobia clasista, racista,  sexista, sectaria.  

Así se reproducen de manera acrítica entre las mujeres formas autoritarias del  poder criticado, del poder de dominio. El control de los conocimientos, las  maneras de hacer las cosas, el uso indebido de relaciones y conexiones, así  como del prestigio, la fama y el rango, y la distribución y aplicación de recursos y oportunidades, permiten a unas mujeres avanzar de manera inequitativa sobre otras. Con ello se profundiza un extrañamiento que se incrementa  por la filiación ideológica de las mujeres y su pertenencia a partidos políticos  distintos, su rechazo a los partidos políticos, a las instituciones o a alguna  condición sexual, indígena, religiosa, intelectual, profesional, nacional, de  clase y cualquier otra.  

Resultados perversos de este extrañamiento que desempoderan las mujeres son  la fragmentación de su fuerza política personal y colectiva, los recurrentes  conflictos debidos a las “luchas por el poder”, así como el aislamiento y la  falta de apoyo a las mujeres.  

La enemistad entre mujeres es resultado de la organización patriarcal del mundo y es estimulada en la educación y socialización de género de las mujeres.  Las mujeres compiten sexualmente por los hombres poderosos y deben ser elegidas entre las otras, por ello, las ideologías femeninas estimulan la hostilidad  como política entre las mujeres y la supremacía femenina patriarcal se basa en  una escala sexual y de género que jerarquiza a las mujeres entre sí.  

Alentadas por la misoginia, las mujeres viven enfrentamientos e insolidaridad  de sus congéneres porque requieren eliminarlas para ascender, necesitan excluirlas para ocupar su espacio o su posición y tener acceso a los exiguos  recursos, bienes u oportunidades por los que las mujeres debemos competir en  la sociedad. O, las mujeres están confrontadas ideológica y políticamente con  análisis e interpretaciones distintas, por valores antagónicos, por creencias y  posiciones políticas. 

 Las más recelosas, desconfiadas y envidiosas son mujeres cuya inserción social  se realiza por vías patriarcales, satelitales, seres-de-otro, seres–para-otro (Basaglia, Franca 1983). Son, también, mujeres menos críticas de su proceder.  Las conservadoras se valen de la enemistad para ocupar posiciones, ser reconocidas por los hombres y vincularse a ellos.  

Mujeres con conciencia feminista manifiestan gran malestar al no poder confiar en compañeras, por conflictos enconados y traiciones y por la incoherencia entre el discurso emancipador de género y una práctica política tradicional  y un sinfín de hechos de discordia y maltrato.  

Tendencias ideológicas diversas estimulan la sorofobia, una fobia a la alianza  entre mujeres y el impulso de acciones para desbaratarla. La enemistad entre  mujeres puede ser intensísima pero nunca llega a los extremos de la violencia entre los hombres. 

Feministas diversas hemos buscado y encontrado solución a la enemistad de  género porque con todas las mujeres compartimos aspectos de nuestra condición y necesidades de género y, en muchos aspectos vitales requerimos del  avance de las otras para el avance de cada quien. Es imprescindible, por ello,  hacer conciencia de que las mujeres somos utilizadas para reproducir la opresión de género entre nosotras socavando nuestra valía individual y colectiva. 

La política patriarcal se sirve de las mujeres para dañar a las mujeres. Se convoca a las mujeres a ser insolidarias con las otras para ser aceptadas, valoradas  o para ascender. En la sociedad competitiva, capitalista y neoliberal las mujeres luchan unas contra otras para ocupar espacios, hacer prevalecer sus ideas  o sus principios, y para avanzar en sus posiciones. 

Es preciso eliminar formas de violencia entre las mujeres como la deslegitimación, el descrédito, la desconfianza, la desautorización y las mil y una  formas de discriminación (sexual, etaria, étnica, racial, estética, lingüística,  social, económica, intelectual, ideológica, religiosa, política, legal y normati va, identitaria) obstáculos patriarcales que impiden a las mujeres aproximarse  y acrecientan la orfandad de género (Basaglia, Franca, 1983) que nos pone al  descubierto y en mayor riesgo.  

Por la crudeza y lo equívoco de la enemistad y, como parte del paradigma  feminista basado en una ética y una política democrática entre las mujeres,  hemos desarrollado la alternativa de la sororidad basadas en la historia y en experiencias contemporáneas de solidaridad entre las mujeres (Valcárcel, Amelia, 1997). 

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