Economía feminista

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Mercedes D’Alessandro

Sudamericana, 2016

Fragmento

La desigualdad de la pobreza

Si algo caracteriza a la sociedad capitalista es que los productos del trabajo toman la forma de mercancías, esto quiere decir, nuestro trabajo tiene un precio,25 nosotros mismos tenemos una etiqueta que dice cuánto valemos. No importa si se trata de un trabajo físico o intelectual, vivimos en un mundo en el que producimos cosas (comida, muebles, datos, informes, el relato de un partido de fútbol), que luego intercambiamos por dinero, que a su vez nos permite consumir lo que necesitamos (ropa, transporte, vivienda, ir al cine, un libro). Qué regula los precios (o por qué un libro sale menos que un auto) es otra de las preguntas centrales de la ciencia económica. Los costos, la oferta y la demanda, las necesidades sociales, el tiempo de trabajo necesario para producirlos… por esos caminos pasan las respuestas. En la economía regida por el dios mercado, los productos de nuestro trabajo (los objetos, el conocimiento, las obras de arte) tienen un precio y también quienes los producen tienen una remuneración, un pago: el trabajador recibe un salario, el capitalista la ganancia, el terrateniente la renta. 

Sin embargo, paralelo, arriba y debajo del mercado se realizan un montón de trabajos que no tienen este don de ser intercambiables por dinero: la cena que prepara mamá (o la mamá de Adam Smith), ir hasta el supermercado en la bici con la listita de compras para llenar la alacena, lavar la ropa y las sábanas, llevar a los hijos al médico. Esas tareas se realizan todos los días rutinariamente y demandan valioso tiempo, desgaste, esfuerzo, pero no se intercambian por dinero. Estas miles de horas de trabajos no pagos son gastadas mayoritariamente por mujeres en todo el planeta, aunque el hecho de que no se paguen no significa que no tengan costos, especialmente para ellas. “¿Te imaginas si los hombres trabajaran en la fábrica gratis solo porque es lo propio de los hombres?”, pregunta Silvia Federici, “estaría totalmente naturalizado, igual que lo está el trabajo doméstico, que está ligado a la feminidad, que se considera propio de las mujeres. En una sociedad configurada por relaciones monetarias, la falta de salario ha transformado una forma de explotación en una actividad natural”. Es el concepto de trabajo el que se pone en juego aquí: ¿qué consideramos trabajo en esta sociedad? 

Estudiar la pobreza o la desigualdad desde la perspectiva de género implica entender que las relaciones de género sostienen y reproducen la actividad económica y contribuyen a generar pobreza y desigualdad. Por eso, cuando hablamos de cerrar la brecha salarial no podemos quedarnos en la superficie, en pensar que se trata simplemente de tener salarios parecidos o de unirnos en la igualdad de la superexplotación y la pobreza para todos. En el fondo estamos hablando de la necesidad de transformar el modo en que organizamos nuestra vida económica cotidiana, y transformar también cómo la pensamos (en ese sentido, la economía feminista necesita todavía reescribirse en la historia del pensamiento económico para darle vida a su propia revolución conceptual). 

La lucha contra la pobreza es una lucha contra el lado oscuro del capitalismo, ese que genera a su paso ejércitos de población sobrante que vive marginada. Aquí es donde cobra relevancia la discusión central de la economía en torno a la desigualdad: ¿puede el capitalismo por sí mismo cerrar la brecha entre ricos y pobres? A esto podemos agregarle: ¿puede el capitalismo por sí mismo cerrar esta brecha sin cerrar las brechas de género?26 Las respuestas no son muchas, se restringen a sí, no o quizá. Sin embargo, qué hacer ante cada una nos lleva a nuevos caminos, opciones y estrategias. 

En algún foro de esos que frecuentan los líderes de todo el mundo, le preguntaron a Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), acerca de cómo enfrentar la desigualdad global. Ella respondió “la desigualdad es sexista”, por lo que buena parte de la solución pasa por la igualdad de género. Sin embargo, las medidas de austeridad que impulsa el FMI en muchos países de Europa van en contra de esta idea. Los recortes en servicios públicos, en salud o educación hacen que las mujeres absorban más de estas tareas no pagas. Más allá de los caminos que se pueden tomar en pos de mejorar la situación de las mujeres en el mercado de trabajo y en la economía familiar, hay otra discusión de fondo que hay que abordar. 

2 respuestas

  1. Que interesante! Cuantas cabezas estan abriendo! Y cuantas faltan aun! Escucho a muchas mujeres quejándose de las jubilaciones por ama de casa . Muchas gracias!

  2. Todos los días de mi vida me pregunto si tome una buena decisión respecto a la carrera que elegí por vocación: soy docente de lengua extranjera. Tengo una niña pequeña y si bien con el papá formamos un gran equipo, no puedo evitar sentir malestar por cada vez que tengo que interrumpir algo que estoy haciendo por pedido de mi niña. Nunca logro concentrarme. Si no es una cosa, es otra y así todo el día. Todo el mes. Todo el año. Los años pasan y cada vez queda más postergada mi carrera. Trabajo en algunas escuelas y mi sueldo de momento no supera el medio millón. Es frustrante ver lo poco que puedo aportar a la economía del día a día. Sin embargo, al igual que cientos de mujeres, pongo el cuerpo tres veces más que cualquier oficinista, empleado que sale a trabajar de su casa a diario. Termino los días agotada. Hay veces que quiero tener un tiempo para mi. Espero la noche. Me digo a mi misma: » cuando la nena se duerma, voy a hacer…» no hay tiempo. Ya me desmayé. Y así el ciclo inicia al día siguiente.
    Es imposible no sentirse culpable, inferior, inútil frente a este sistema de opresión que lo único que hace es meternos en la cabeza qué el dinero y la productividad son la clave del éxito. La única forma de vida existente. Es muy frustrante. Yo lo entendí. Puedo sentirme mal, pero a diario trato de dar batalla a este enemigo promiscuo y silencioso. Realizar un lectura, me alivia la amargura.
    Los grandes empresarios siguen penetrando nuestras débiles mentes. Ahora todo el mundo habla de «shein», «Temu» y vaya a saber cuantas porquerías más. Tenemos que ponernos colágeno, la depilación láser, el microblading. No nos olvidemos de pedir turno con la lashista y comprar las 20mil cremas qué necesitamos (según vaya a saber que influencer de turno) para el skin care. Mientras sigamos atrás de todas estas banalidades, la brecha de desigualdad va a seguir alimentándose, nutriendose y consumiendonos por dentro hasta dejarnos secas. No estoy en contra de sentirnos bellas, bonitas, lindas y a pleno con nosotras mismas. Pero cuando todo esto se vuelve mandato. Hay alguien que se está favoreciendo a nuestra costa. No solo el dinero que ganamos es poco, sino que también nos dicen en qué y cómo tenemos que gastarlo. Nos tienen totalmente adormecidas, controladas ¿Hasta cuándo lo vamos a permitir?

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