Un disfraz de bailarina y algunos entierros

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Dedicado a mi madrina

Gracias por la fuerza

Charlan mis dos poetas preferidos. Dicen que Patti Smith dijo que escribir es un acto físico. Y yo, que estoy pensando en la fuerza de las mujeres, aguzo el oído. Desde hace varios días que le estoy dando vueltas al tema y, a cada paso, me fascina más. Tiene tantas aristas que es inabarcable.

Como digna habitante del sistema patriarcal, transformé el tema de la fuerza de las mujeres en la fuerza física de las mujeres. Así entré en la lógica de la cuantificación y en la dicotomía hombre- mujer. Mientras lo hacía, me venían a la mente imágenes de mujeres musculosas y forzudas, mujeres levantando pesas en concursos de fisicoculturismo, siendo fenómenos en circos itinerantes y creando saltos mortales tan peligrosos que fueron prohibidos de los Juegos Olímpicos. Y, al mismo tiempo, se me venían recuerdos de mi niñez:  aparecía vestida de bailarina. Mi madrina, encorvada en su mesa de manicura. Los brazos amorotonados de mi mamá después de haber repartido libros para el Círculo de Lectores. Recuerdos mezclados, insistentes.  Con fuerza.

Cuenta la leyenda familiar que cuando tenía un año y pico, mi madrina había pasado varias noches cosiéndome un disfraz de bailarina para el carnaval. En esa época, corsos multitudinarios llenaban las calles de Buenos Aires y para las mujeres de mi familia ir al carnaval era un planazo.  Mi madrina estaba chocha y el ruido de la máquina de coser auguraba momentos felices.  

Finalmente, la noche esperada llegó y las mujeres de mi familia pisaron con fuerza la Avenida de Mayo.  Triunfadoras, caminaban con orgullo sosteniendo a esa bebé que, según su opinión,  tenía el mejor disfraz del corso.  Disfrutaban de la algarabía compartida hasta que se encontraron con un señor que me señaló y dijo “Mirá, un macho vestido de hembra”.  Pero lo que más destacaban de la situación fue como el tipo salió prácticamente corriendo cuando mi madrina lo fue a increpar al grito de “¿NO VES QUE ES UNA NENA, REEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEPELOTUDO?” Entre risas, cada vez que surgía la anécdota, se enorgullecían de Lola, mi madrina, que saltó a defenderme con una fuerza iracunda que hizo que el señor apurara el paso en la dirección contraria. 

Treinta años después, ese grupo de mujeres, pisábamos con pesar el cementerio de Flores.  Íbamos a enterrar a mi abuela.  Cuando llegó el momento de llevar el cajón nos dimos cuenta de que no había la cantidad suficiente de hombres. Contábamos y no alcanzaban. Y al dolor de la muerte, se le sumaba un problema: éramos una familia de mujeres.   

Con estupor me pregunté dónde estaban esos hombres. Algunos se habían muerto, al marido de Lola le hacían mal los entierros, un primo se había hecho Testigo de Jehová y otro no pudo faltar al trabajo.  Hasta llegué a pensar en mi papá, que desde 1992 no cargaba con nada que me involucrara.  Y mientras reflexionaba, me consolaba con que yo, al menos, había aportado un marido para la solución del problema.  Mientras los empleados del cementerio nos miraban con cara de “no la llevamos ni en pedo”,  yo pispeaba alrededor a ver si algún desconocido nos daba una mano.  Pero nada. Entonces, cuando parecía que no había solución, Lola agarró una de las manijas del ataúd y anunció que estábamos listos.  Todavía me acuerdo de ese día.  La entereza con la que caminaba ella, el miedo que tenía yo de que no tuviera suficiente fuerza.

Levanto la vista de la computadora y veo a mi marido.  Va y viene transpirado.  Barre hojas, las levanta, las apila.  Hace fuerza. Y yo me percato de que estoy acá sentada, apretando teclas, sumando párrafos.  Recuerdo la supuesta frase de Patti Smith, la de que escribir es un acto físico.  En cierta medida, me interpela, me invita a pensarme como alguien que al escribir usa su fuerza.  Y me doy cuenta que es la primera vez que me pienso como alguien que escribe.  A lo mejor, razono, la frase Patti Smith va en ese sentido.  Tal vez, se refiere a la fuerza que hacemos las mujeres para habilitar(nos) a ocupar espacios que hasta hacía poco estaban prohibidos, como el de las Letras. Pienso en mi abuela, a la que mi bisabuelo cagó a palos porque le dijo que quería seguir en el colegio y no ir a juntar castañas al monte calabrés. Hoy mi vida es tan distinta a la de ella.

Cuánta fuerza se necesita para salir a la calle sabiendo que un desconocido cualquiera se va a sentir con derecho de hacer o decir cualquier cosa, como nos pasó a nosotras en el carnaval. O que vivimos en un mundo sostenido en la división sexual del trabajo, que organiza cada instante de nuestras vidas, hasta los ritos que involucran la muerte.

Sin embargo, me resisto a pensar que la fuerza de las mujeres sólo está destinada a la mera supervivencia. Al contrario, comprendo que las veces en las que fui y me sentí fuerte fueron aquellas en las que me di cuenta que estaba viviendo una vida en nombre propio. También cuando concreté proyectos y me valoré a mi misma con una lógica que no adhería servilmente a las coordenadas de la época. Y compruebo, que soy especialmente fuerte, cuando me percato de que estoy rodeada de mujeres potentes a las que admiro y con las que nos fortalecemos.  

Me hubiera encantado terminar este relato contándoles cómo se sintió Lola esa mañana en el cementerio de Flores. Qué fue lo que la llevó a dar un paso adelante, de dónde sacó las fuerzas.  Nunca se lo pregunté y hoy es imposible. Pero sí les puedo decir que haberla visto hacerlo, me habilitó a ser yo quien diera el paso al frente cuando fuera necesario.  Y que mi mamá también pensó en ella cuando tuvo que hacerlo.   

Y mientras escribo,  me doy cuenta que la fuerza de las mujeres tiene que ver con eso: con hacer aquello que nos representa. Ni más, ni menos. Y en ese hacer nos sacamos de encima las veces que nos dijimos y nos dijeron que no debíamos, que no nos convenía, que no éramos lo suficientemente fuertes.

2 respuestas

  1. Saber nombrar lo que nos pasa es fortaleza y aprender que sin nosotras el mundo no avanzaría cómo lo hizo…y como nos quieren hacer creer lo contrario, para seguir ahí sin despertarnos, pidiendo permiso para habitar espacios que deberían ser de todas y todos sin distinción. Falta mucho, pero que bueno que algo empezó a cambiar por lo menos a nombrarse. Vivir y habitar ejercer y avanzar. Vamos que venimos!!!

  2. He levantado mí casa a la par de mí compañero. Literalmente hablando. Mis manos toscas, con callos y cutículas resecas dan prueba de eso. Como si hiciera falta… Y sí. Es necesario. A mí compañero lo felicitan por lo linda que le quedó la casa. Y el se siente en la obligación de reivindicarme: «nos quedó linda, sí». Las mujeres más cercanas de mí familia, le siguen preguntando a él como está hecha tal o cual cosa. Lo felicitan por lo que yo hice… Mí hija me mira como diciendo «por qué le preguntan a él, si lo hiciste vos» … Y yo le guiño un ojo. Ella sabe de la fuerza de las mujeres. Sabe que su mamá levanta paredes y techos y hace pisos. Y que lo disfruta. Porque al fin y al cabo, lo importante es darnos el permiso de disfrutarlo. Saber que tenemos el derecho de hacerlo, de ocupar el lugar, de disfrutar nuestra ocupación de ese lugar.

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