Las mujeres y las discusiones

“Tengo un rol que es ubicar a la Argentina en el mundo, cosa que estoy haciendo y que estos liliputienses en términos de coeficiente intelectual no lo entienden. Entonces, yo no puedo estar, digamos, o sea, ¿usted se va a poner a discutir con una cucaracha?”.

Javier Milei

“¿Te hubiera gustado ser educada para defenderte de la violencia?” me pregunta Lala Pasquinelli en su libro La estafa de la feminidad y me tira una punta para orientarme en qué escribir sobre las mujeres y las discusiones. Desde hace más de una semana que intento hacerlo y no me sale.  Empiezo un párrafo, creo que va por ahí y lo abandono.  Comienzo otro y las palabras no me alcanzan para escribir lo que quiero transmitir.  Y así a repetición.  Tengo un documento lleno de frases, oraciones y párrafos que no arman un todo.  Porque lo que construye el todo, es lo que no escribo: discutir, en esta época tan cruel y mediocre, es un asunto complejo. 

Desde que tengo uso de razón me dicen que soy brava.  Mi mamá cuenta con orgullo y vergüenza, en partes iguales, anécdotas de mi niñez que, pareciera, definen mi carácter.  Se acuerda  que la primera vez que me llevó al cine la nena sentada delante mío no paraba de pararse en el asiento y de taparme la película.  Dice mi mamá que, de un segundo para otro, sujeté a mi vecinita de adelante por los hombros y le dije: “quedate quieta, nena”.  Mi mamá resalta que la piba no se movió más, que la madre se dio vuelta y compartió con ella miradas de estupefacción.  

Por su parte, mi madrina contaba que cuando yo tenía cuatro años ella me estaba cosiendo un vestido, al verlo pregunté si era para mí y le dije que no lo quería.  Ella no me hizo caso y siguió cosiendo.  Nunca lograron que me ponga el vestido.  

Y mi mejor amiga todavía resalta la valentía que tuve en el año 1986 cuando la defendí de un grupo de nenas que la cargaban por usar anteojos.

También me acuerdo yo de algunas cosas: la vez que un extraño me dijo que con este carácter me iba a quedar soltera, cuando le exigí a un profesor del secundario que me pidiera disculpas ante una falta de respeto y no me callé cuando me dijeron guarangadas por la calle.

Pero no me olvido que varias/ muchas/ infinitas veces me quedé callada, mascullando odio, fantaseando finales justicieros que nunca concreté.  Callada.  Muchas veces, me quedé callada.  

Mi papá se cree un león y mi mamá me sugiere que no discuta, por mi propio bien.

El otro día mi mamá me llamó por teléfono para proponerme que dejara de comentar los posteos políticos que hacía mi papá en Facebook porque, cito textual, “lo hacés quedar como un boludo”’ (sic).  Yo con ella me hice la gallita y respondí que él quedaba de ese modo por sí mismo, que no me necesitaba.  No obstante, entendí lo que me dijo mi madre: al contestarle, al discutirle, lo ponía en falta y, encima, en un ámbito valorado por la gente de su generación y eso, a un padre, no se le hace.  Confieso que no lo bardeé más, al menos por Facebook.  Mi madre logró su cometido: que me diera culpa.  Y que le tuviera lástima. 

La otra cosa que me dijo es que no me peleara con mi papá, que si ese vínculo se rompía me iba a arrepentir toda la vida.  Más tarde, una amiga, que estaba consternada por las opiniones políticas de su propio padre, me preguntó si no me daba miedo que mi papá se muriera y que el último intercambio entre nosotros haya sido una discusión.  Les juro que sin dudarlo le contesté que no.  Yo no tengo ese miedo.  

NO QUEREMOS SER MÁS ESTA HUMANIDAD
SUSY SHOCK

Desde diciembre de 2023 ya no soy la misma. No me aferro a la poca ingenuidad que me quedaba y la dejo irse porque juega en mi contra. Miro a la gente sin filtro ni concesiones.  Creo en ser respetuosa de todas los pareceres, pero no me puedo escudar en una postura neutral.  Hay opiniones que son sumamente dañinas. No es lo mismo pensar que el cambio climático no existe, que el género es una ideología, que el mercado se regula solo o que la meritocracia le funciona igual a un hombre blanco heredero que a una mujer marrona y pobre.  

Entonces,  es en este contexto que insisto en reflexionar sobre las discusiones.  Así vuelvo a la pregunta de Lala y me doy cuenta que es indispensable para habitar esta época, que atenta contra la supervivencia material y simbólica de muches.  Y es en el sostenimiento de preguntas como ésta donde reflexiono que no sólo aprendí a callarme y a domar mi bravura a fuerza de silencio. Miro para atrás y corroboro que hubo veces en las que pude sostener mi opinión y ganar discusiones y otras en las que conté con la fortaleza para irme de lugares que no eran para mí y actuar a mi favor.  

En consecuencia vuelvo a preguntarme sobre las discusiones  y me permito cambiar el ángulo desde donde las pienso. Porque yo quiero vivir una vida digna, en nombre propio y a favor de todas.  Y es ahí donde percibo que más que discutir con seres funestos a mi me interesa la conversación con las compañeras.  Sé que en nuestras reuniones vamos a encontrar el modo de salir adelante y de luchar contra tanta maldad desembozada.  Y no lo digo desde una idealización de los feminismos, sino desde mi propia experiencia.  Porque después de cada encuentro de MQNFT me revitalizo, inclusive en este contexto que todo el tiempo me muestra la precariedad de algunas vidas, la mía incluida.  

Y así me aferro a las discusiones que sí quiero dar y Susy Shock me abraza con sus versos al decirme, al decirnos: “quizás sea hora de las nuevas insurgencias, hermanas (…) no vamos a pelear con las chispas de los 80 ni usar modos que ya reconocen de nosotres como resistencia”.  Y nos comparte uno de sus máximos tesoros: la defensa de habitar el pensamiento complejo,  que se nutre del raciocinio, pero también de lo afectivo, lo intuitivo y las experiencias de otras que estuvieron antes que nosotras.   Pero más que nada se alimenta de la conversación con las compañeras, que pone en acto nuestra resistencia a habitar pasivamente este mundo que pareciera encaminarse a épocas de antaño, que sólo fueron buenas para algunos.  

Y para terminar me gustaría hacer una mención especial a las cucarachas, las auténticas, las de seis patas, que lograron sobrevivir a Hiroshima y Nagasaki, Chernobyl y otros desastres generados por mentes superiores.

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