La juventud está sobrevaluada.

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Me fascina el tema del tiempo, el tiempo en la vida de las mujeres, el uso del tiempo, y lo que toca hoy, el paso del tiempo.

Cuando pensamos en esto, estoy segura de que a muchas, lo primero que se nos aparece es un rostro de mujer arrugado de una publicidad de cremas o productos antiage. 

Es que perder la apariencia de juventud, nos enseñaron que era algo terrible, más terrible que perder guita. 

La feminidad exitosa exige juventud. Las mujeres que valen son las que parecen jóvenes y bellas, la juventud es una exigencia de la belleza femenina y la belleza femenina es central en la construcción de la feminidad ideal, esa en la que nos educan y a la que todas o casi, más o menos, hemos aspirado y a la que muchas, lamentablemente,  siguen aspirando como promesa de felicidad. La publicidad del ideal femenino dice que si hacés el esfuerzo y lográs encajar, vas a ser feliz, como dice un libro, la feminidad es una estafa. 

El paso del tiempo es una amenaza para las mujeres, el miedo a ser viejas, es para la mayoría un terror que acecha, es el encapuchado que te corre de atrás en una calle oscura en los sueños y no solo por el miedo a las arrugas y la flacidez. 

La presión por el paso del tiempo en la vida de las mujeres, no tiene solo que ver con la belleza, sino que además desde que somos niñas, empezamos a entender que hay cosas que mejor hacerlas enseguida. Hay que apurarse para cumplir  rápidamente con las exigencias que tiene el manual de género para cada una de nosotras, y que en general son las mismas para todas, pero con variaciones de de acuerdo a la clase social a la que se  pertenece. 

En las clases medias y medias bajas de nuestro país, la mujer joven con intención de movilidad social, tiene que por supuesto mantener su apariencia de juventud y belleza, sacarle provecho a lo que se tiene naturalmente o trabajar para tener una apariencia de belleza voluptuosa para conseguir un buen laburo, o enganchar rápido, porque la belleza garantiza acceso al trabajo pero sobre todo al matrimonio o aunque más no sea al concubinato con algún señoro de billetera que mata galán, o crypto bro. 

Para otras la presión es para, además de encajar en el ideal de belleza,  estudiar,  recibirse jóvenes, tener una pareja con la cual poder proyectar hijes, fiestita de casamiento mediante. Idealmente todo eso debe ser hecho antes de los 30 o 35 años. Sino fracaso. 

La presión es para obedecer el manual de género, rápido, hacer lo que hay que hacer sin demasiada pregunta. Hay que ir tachando items.

¿Por qué tan rápido y furioso todo? Porque después, es menos probable que te enganchen. Porque los años no traen solo arrugas. Traen saberes. 

A eso a lo que le quiero dedicar estos párrafos, a la posibilidad de pensar que quizás no es como nos lo venden ni como nos lo contaron el asunto del paso del tiempo, quizás, para muchas de nosotras es al revés, quizás lo mejor empieza cuando termina esa etapa que nos dijeron que iba a ser la mejor de la vida. “Juventud divino tesoro” ¿Juventud divino tesoro? 

Para muchas de nosotras, como repetimos hasta el hartazgo en la campaña Hermana Soltá el Reloj, la vida empezó después de los 35, después de los 40 o después de los 50. 

Es en etapas más avanzadas de la vida donde pudimos autorizarnos a vivir por fuera de las exigencias del mercado y el patriarcado. Pudimos soltar presiones, darnos tiempo, darnos cuenta de que seguir entregándole nuestra energía y nuestra potencia a trabajos que nos exprimían no era buen negocio, y respondía a una idea del éxito y la felicidad con la que crecimos, representada, en la chica joven, delgada , rubia, blanca, la piba que labura en “la corpo”,  que consigue el marido de piel clarita y tiene dos o tres pibites uno atrás del otro y exhibe su vida de mujer hiper ocupada pero feliz porque ya consiguió todo lo que había que conseguir para ser feliz.

Lo que las redes no muestran es el esfuerzo que hace ese cuerpo día tras día, por sostener la casita de naipes. 

La vida no es un camino recto hacia algún lugar, y mucho menos es justa. La vida es un laberinto, en un paisaje siempre cambiante, y está llena de malos tragos e injusticias la mayoría inevitables. 

No importa lo que hagas, no importa cuan obediente te muestres a las reglas del mercado o cuán obediente puedas ser al patriarcado. En un sistema económico de arrasamiento de lo vivo en el planeta, de explotación y expoliación, en un sistema que necesita que sigamos siendo siervas y subalternas,  no hay justicia para ninguna. La injusticia se escribe en la vida de todas, aunque sigas consumiendo la Oh Lala que te dice que si te esforzás más  vos también vas a ser tan feliz como esas chicas que salen en sus notas. 

La juventud en la vida de las mujeres está completamente sobrevalorada. La mayor parte de los abusos, físicos, psíquicos y sexuales los sufrimos siendo niñas o jóvenes, somos educadas en la fantasía del mito del amor romántico con la que nos vamos a drogar muchos años y se va a llegar muchísima de nuestra energía. Por culpa del amor romántico vamos a sufrir un montón por cada salame  que después no lo vamos a poder creer. 

En esas épocas de juventud, nos vamos a matar a dietas restrictivas, nos vamos a maltratar el cuerpo y la psiquis por no ser lo suficientemente eso que quieren que seamos. 

En esa juventud, presionadas por cumplir con los mandatos de la feminidad cuanto antes, porque “se nos pasa el arroz”,  nos vamos a casar con tipos que no van a valer ni un poco la pena, o con los cuales si lo hubieramos podido pensar mejor, no nos hubieramos casado, tipos que muchas veces nos van a explotar, nos van a maltratar o dejar solas, tipos con los que en el mejor de los casos nos va a llevar años, establecer un vínculo más o menos igualitario y con muchos de esos vamos a tener hijes, se los vamos a criar a costa de nuestro empobrecimiento, porque hay que tener y rápido, porque todas tienen, y de esos tipos nos vamos a separar por motivos diversos, que en general rondan mucho el tema de nuestra propia explotación y la absoluta ausencia de sensibilidad de ellos, frente a eso. 

Va a ser siendo jóvenes que quizás “decidamos” dejar de trabajar afuera de casa por un salario, para pasar a trabajar adentro de casa por el techo, la pilcha y la comida. 

Las peores decisiones de mi vida las tomé siendo jóven, creyendome genial, cuando en realidad era una idiota, rodeada de otras idiotas como yo, que tomaban las mismas malas decisiones parecidas, todas educadas por la cultura para convertirnos en «buenas mujeres» y permanecer ciegas y sordas frente al coro de las que nos advertían que no era por ahí.

Si me pienso en retrospectiva, no añoro absolutamente nada de mi ser jóven, no añoro la inseguridad que tenía, las dudas, la confusión, el esfuerzo por encajar, el agujero existencial, la dependencia de la aprobación externa, y mucho menos la heterosexualidad. No, nada. 

El paso del tiempo trae, para muchas, para las que estén dispuestas, para las que quieran hacer el trabajo, una vida a nombre propio. Trae el conocimiento de quien sos por fuera de las expectativas sociales y vinculares. Trae claridades. El paso el tiempo rompe la máscara de la feminidad, ese «como si», en el que vivimos desde pequeñas. De a poco, empezamos a darnos cuenta de que nos cagaron, la obediencia no nos hizo felices, no importa cuanto hayamos sido capaces de agachar la cabeza y obedecer, la recompensa no llegó. No es un click, es más parecido a un crack, porque en esa adquisición de la conciencia de nuestra subordinación y explotación se rompe la máscara que construimos a lo largo y ancho de todos esos años de vida. Una máscara pesadísima de sostener para que no se note la que soy, mis ideas disruptivas, mis deseos que no entran en ningún lado, mis intereses, mi paja, mi voracidad, mis rarezas. Una máscara que me oculta al mundo, pero también me oculta a mi de mi misma. Yo también me vi demasiado tiempo a través de esa máscara.

Cuando la máscara se rompe quedamos medio en culo, y empezamos a aparecer en el mundo primero tímidamente, después subversivamente. 

Por eso el mundo denosta la vejez y celebra la juventud como un valor en si mismo, especialmente en las mujeres, porque cuando sos jóven sos ingenua, manipulable, te comés todos los versos, te pescan con un trapito colorado, te explotan por espejitos de colores, no ves los hilos. 

Es el tiempo pasando el que te saca de ahí, es el tiempo como un bondi el que te lleva a un lugar mejor. Es el tiempo el que nos ayuda a mirar de frente, a ver quien es quien, pero sobre todo es gracias a ese tiempo que podemos reconocer las trampas y evitarlas. Ya no nos dejamos explotar tan fácilmente, ya no nos comemos el verso de “ganar experiencia”, valoramos nuestra vida, nos ponemos en el centro, nos reconocemos autoridad, probablemente ya tengamos una red y unos deseos bastante claros acerca de cómo vivir lo que nos queda. Vivir una vida de viejas es el verdadero tesoro. 

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