Mala sangre

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Desde que estoy pensando en qué voy a escribir sobre el autocuidado hay un tema que insiste. Yo intento sacarlo de mi cabeza, me digo que por ahí no es, que allá no vaya. Pero si no lo hago, no me va a dejar en paz. Así que acá estoy, escribiendo de lo que no quiero escribir, apostando (justo en esta época de timba) a que si lo hago, me lo saco de encima y puedo seguir adelante con la escritura.


Desde que asumió Milei tengo una tristeza que no se me va. Es como un estado de ánimo omnipresente que ya forma parte de mí y con el que convivo. Pero no es una tristeza pura. También siento enojo. Y me siento mal por sentirme así, como que es mi culpa este estado de ánimo. Como que mis sentimientos dependieran de mi voluntad, más allá del contexto. Es decir, que el contexto afecte mi estado de ánimo es mi responsabilidad. Yo “elijo” sentirme como el orto. No hacerme “mala sangre” depende de mi.


La mala sangre es preocuparse, anticiparse a cosas malas que podrían pasar y quitarle energía a la mente y al cuerpo, que la gastan en pensamientos que no llevan a nada.
Y me llama la atención que justo cuando estoy pensando en el autocuidado, no me la puedo sacar de la cabeza. Y tampoco me puedo sacar de la cabeza a mi abuelo José, que sufrió mucho la política de los 90 y del que casi toda mi vida pensé que la mala sangre le había generado el cáncer del que se terminó muriendo. Ni a la señora que un policía empujó en la marcha de los jubilados y la cabeza le golpeó contra el asfalto. Ni a la mamá que gritaba en la plaza Congreso que le daba más miedo que le quitaran los tratamientos médicos para su hijo que ser golpeada por una cachiporra.


Sara Ahmed escribió que el autocuidado “puede ser un acto de guerra política. Al dirigir nuestro cuidado hacia nosotras mismas, estamos redirigiendo el cuidado lejos de sus objetivos apropiados, no estamos cuidando a quienes se supone que debemos cuidar; no estamos cuidando los cuerpos que se consideran dignos de cuidar. Y  es por eso que en el trabajo queer, feminista y antirracista, el cuidado se trata de la creación de comunidad, comunidades frágiles, ensambladas a partir de las experiencias de ser destrozado. Nos reensamblamos  a través del trabajo ordinario, cotidiano y a menudo minucioso de cuidarnos a nosotras mismas; cuidarnos unas a otras. Es  por eso que  cuando tenemos que insistir,  yo importo,  nosotras importamos,  estamos transformando lo que importa. Las  vidas de las mujeres importan; las vidas negras importan;  las vidas queer importan; las vidas de las personas con discapacidad importan;  las vidas trans  importan; los pobres; los ancianos; los encarcelados,  importan”.


Y es a partir de lo que ella plantea que puedo repensar mi relación con la mala sangre. Me pregunto si esa voz interior que me dice que deje de pensar, no será la internalización del patriarcado, que me devuelve el manual de género. Esa guía incuestionable que tiene todas las respuestas y las cocardas listas para las obedientas. Pero yo ya sé que la obediencia pide más obediencia y la sumisión es lo opuesto al autocuidado. 


Entonces, ya no me permito pensar la mala sangre como un pensamiento parásito que me aplasta, sino como una tarea de reflexión indispensable para vivir una vida digna. Tomar nota de aquello que me incomoda y que me duele, es un modo de no acomodarme a lo que me perjudica.  Un paso previo al sostenimiento de acciones, espacios y personas con las que transitar este momento histórico.


Las palabras de Ahmed me ayudan a orientar la escritura: miro estos dos últimos años y lo que puedo decir es que sobreviví, que no es poco. Y que en mi vida no hubo solamente mala sangre. También hubo buenas lecturas, espacios de escritura, encuentros con compañeras, conversaciones amorosas y gente que me cuidó y a la que cuidé. Y para mí eso es el autocuidado.


Hace poco fui al cine a ver Belén. Mientras volvía a mi casa vi las inmediaciones del Congreso llenas de carteles y pintadas de manifestaciones pasadas. Caminaba por la calle acompañada por consignas que daban cuenta de que somos muchas las que sabemos que no hay autocuidado que valga si todo lo de alrededor está roto.


Esas calles también hablaban de una tradición de salir adelante, de las múltiples estrategias que venimos llevando a cabo en lo privado y en lo público. Agradecí en silencio a las que estuvieron cuando yo no pude. También me acordé de las veces en las que estuve y el entusiasmo que sentía. 


Y así me doy cuenta que el autocuidado para mí tiene que ver con  la búsqueda de esa sensación de estar haciendo lo que me convoca, lo que me representa. Un autocuidado que me insta a no acomodarme en lo que nos perjudica, sabiendo que hay situaciones en las que es imposible no hacerse mala sangre. Y que esto puede ser una brújula para así  agarrar con las dos manos lo que intuyo que conviene, aunque cuestione certezas y obviedades. Esa fuerza interior que se fortalece en el encuentro con las compañeras, me insta a vivir una vida que me represente, especialmente en esta época. 

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