#Señora

Hace unos días, me invitaron a hablar en un evento de publicidad, organizado por mujeres que trabajan en esa actividad.
En un momento, antes de que me toque hablar, estoy con una de las organizadoras, hablando, del movimiento de mujeres, de derechos y cosas así, estábamos las dos adelante de un espejo gigante y ella se estaba maquillando. En eso la miro, y me miro, y me pasa algo espantoso;  en un instante y al mismo tiempo, me vi todas las arrugas, las canas, las imperfecciones las huellas que va dejando el tiempo en la piel. Cada mancha, cada pelo “fuera de lugar” la blancura de mis canas, las líneas que se marcan en el contorno de los ojos, la linea del ceño, todo. Todo se me hizo presente en ese momento, en un solo instante.
¿Me sentí “vieja”? No lo se, porque, ¿qué sería ser vieja? Si solo habitamos el presente. No se como me sentí, o como se llama lo que sentí; pero pensé …Que vieja que estoy… y algo se transformó en mi cuerpo en ese instante, una sensación de malestar, de incomodidad que no me soltaba.
Salí de adelante del espejo, caminé unos pasos y me senté a preguntarme ¿qué carajos me pasa?
Y una parte mía, quizás la más atenta a todo esto y la más amorosa conmigo, dijo “te pasa eso de lo que venís a hablar acá”.
Yo estaba ahí para contar como este modelo de mujer único que es jóven, blanca, de pelo lacio, largo, que es delgada que no tiene canas, ni arrugas, ni manchas, esa imagen que vemos multiplicada por mil todos los momentos del día en todos lados, desde la cuna, nos dice todo el tiempo, que ser como somos, como cada una es, no está bien. Que el único valor en las mujeres es la juventud del cuerpo, la imagen que se nos muestra de esos cuerpos.
Estaba ahí para contar que ese mensaje es violento, que sirve además para capturar muchísimo de nuestra potencia creativa que se drena a ese lugar que es el de editar como sea tu cuerpo para encajar, para “parecer” jóven, delagada, de pelo largo y lacio y ni hablar de la edición de nuestros intereses, porque todo eso “nos tiene que interesar si somos mujeres”.
Yo estaba ahí para hablar de eso y sin embargo, es tan fuerte todo lo que recibimos, es en tantas cantidades, que no es fácil no ser capturadxs por el mensaje. Por suerte para mi, me habló esa parte mía más sensible y más sabia que me permitió levantarme del sillón siendo de nuevo yo, orgullosa de mi cuerpo que es el de las mujeres que me precedieron, orgullosa de mis cabello casi blanco hoy.
Pero ayer una amiga publicaba el sufrimiento que le provoca ir a la peluquería para teñirse el pelo, y me acordé de cuanto me costó a mi dejarme las canas, y también recordé lo liberador que fue saber como era mi apariencia en el presente. Necesitaba saber que expresaba mi cuerpo en el presente. ¿Cómo me veo hoy? ¿Cómo soy hoy?
Y de repente me cruzo con esta publicidad de tinturas, -solo comparto la foto- que apela a todo eso que nos hace mal, pero encima con el recubrimiento del humor, entonces te hace mal y se supone que te tenés que reír. Todavía más perverso.
Porque se supone que lo natural, lo que no queremos de ninguna manera es que nos digan “señora”, eso ya nos lo inocularon desde siempre. Entonces para vendernos cosas que no necesitamos, se apela a ese seteo, esa naturalizaciñon de la juventud como un bien supremo, se apela a todo el malestar que eso nos genera a las mujeres, ese mirarnos y sentirnos “viejas”, meter el dedo ahí, “con humor” para vendernos un químico para el pelo que tape nuestro pelo como es hoy y que lo deje parecido al de una mujer joven, delgada, blanca, de pelo lacio y largo, y así al infinito.
Me da pena…

Lala Pasquinelli – VII- 2017

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