El feminismo: una revolución del pensamiento

El feminismo: una revolución del pensamiento

Danila Suárez Tomé*

El feminismo es uno de los movimientos políticos más fuertes del mundo y tiene, como sabemos, muchas formas de manifestarse. Abordar el feminismo desde la perspectiva del conocimiento es un foco de análisis central, así como, a la inversa, analizar el conocimiento desde el feminismo nos permite revisar la historia de la producción del conocimiento de modo crítico. Como dice Diana Maffía, para ser feministas sólo tenemos que poder percibir que las mujeres se encuentran en desventaja sea cual fuere la variable de análisis que tomemos, considerar que eso es injusto y actuar en consecuencia para poder revertir esa injusticia. Percibir esta desigualdad es, sin dudas, ya algo bastante complejo.

Nuestra sociedad está construida en base al punto de vista del varón hegemónico e incluso las herramientas conceptuales que tuvimos para analizarla han respondido, tradicionalmente, a una decisión de perpetuar este punto de vista. El mundo y su representación son androcéntricos y sexistas desde su origen y todo confluye a ayudar a ocultarlo. Por lo tanto, la percepción de esta desigualdad, el primer paso para poder empezar a pensar de modo feminista, implica algo viejo que tenemos que desaprender, la mirada tradicional, y algo nuevo que tenemos que aprender, la mirada feminista. Esta mirada es feminista y no femenina: no es la idea del feminismo invertir los términos del sexismo patriarcal, según los cuales todo lo masculino es superior a lo femenino. El feminismo no es sexismo al revés. Muy por el contrario, el feminismo busca desarticular por completo la dinámica sexista de la sociedad.

Muchas mujeres que padecemos la opresión sexista patriarcal, por lo general nos vemos obligadas a aprender a través del dolor y la violencia. Desde los micromachismos hasta los casos extremos de violencia de género como los femicidios, aprendemos que la sociedad es desigual literalmente a fuerza de insultos, golpes, abusos, violaciones o muertes. No necesitamos que ningún texto nos enseñe lo que vivimos a diario. Nos volvemos feministas por la fuerza de defender el derecho de ser consideradas personas. Y allí comienza un aprendizaje duro, sí, pero también muy enriquecedor.

El movimiento feminista es uno de los espacios que más se prestan al descentramiento de las subjetividades y a la construcción de una comunidad en la que debemos aprender de las experiencias y saberes de las otras para poder comprender cabalmente qué es lo que nos está pasando y qué podemos hacer para solucionarlo. Si el sistema patriarcal está estructurado de modo en que no todos logremos ver los privilegios de algunas personas frente a la discriminación de otras, el feminismo nos invita a abrir los ojos a todo lo que se oculta. El feminismo no es un movimiento homogéneo, ni en sus creencias ni en su composición: es un espacio de intersección. El feminismo nos abre la posibilidad de aprender de las experiencias de todos los otros grupos de personas que, de haber seguido en nuestra decadente esfera personal, no hubiéramos tenido noticia.

Ser feminista te permite aprender a escuchar y nutrirte de las experiencias y saberes con los que jamás pensaste que podías tener algún tipo de relación. Aprendés que tenés que escuchar respetuosamente las experiencias de todas esas personas que viven en su cuerpo cosas que vos no. Aprendés que muchas veces hay que correrse del centro y acompañar. Aprendés de respeto y empatía, cualidades muy foráneas a las instituciones que nos forman desde chicas. Aprendés qué significa pedir en concreto, y no en abstracto, equidad y justicia.

El feminismo también es un espacio de obtención de conocimiento: aprendés de agricultura, de economía, de política, de sociología, de historia, de educación, de lo que se te ocurra. Cuando empezás a formar redes y tejer lazos con otras feministas y te interiorizás en lo que producen, escuchás lo que dicen, participás de los espacios que abren, el conocimiento empieza a circular de una manera comunitaria, fluida y fructífera. Es una puerta a otras lecturas, a otros universos. Entre feministas nos leemos, nos escuchamos, aprendemos de las otras para poder entender los contextos y experiencias de cada una de nosotras, que luchamos por lo mismo pero somos ricamente distintas.

El feminismo, además de un poderoso movimiento político, es un poderoso espacio de (re)educación. Cuando reeducamos el ojo para que desaprenda aquello que fue aprendido desde la mirada masculina hegemónica, logramos ver que las mujeres históricamente no hemos sido consideradas capaces de producir conocimiento, que se nos ha expulsado de la esfera del pensar. Captar la profunda injusticia que significa esta discriminación, nos impulsa a tomar el pensamiento por las riendas y reinventarlo. El feminismo nos invita a reinventar nuestras prácticas de producción de conocimiento y de aprendizaje, además de nuestras prácticas políticas y éticas. Esto abre un campo enorme de posibilidades jamás pensadas cuando se creyó, erróneamente, que llegado el siglo XXI ya estaba todo dicho. El feminismo nos viene a mostrar que a muchas personas no nos fue permitido ni pensar ni decir, que no nos fue permitido entrar en ningún corpus ni reflejar nuestras preocupaciones y experiencias en los grandes temas de la humanidad y, gracias a eso, el feminismo nos viene a enseñar que tenemos la posibilidad de transformar la manera en que concebimos el conocimiento, su producción y su circulación para que nos incluya a todas y a todos y no solo a unos pocos.

*La autora es Docente de Filosofía en la  Universidad de Buenos Aires e integrante de Economía Feminista

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